RetrocesoA&ONº 251/15-III-2001SumarioDesde la feContinuar
La Cuaresma ¿es de otro tiempo?
He encontrado cristianos que, influidos por el espíritu del laicismo militante de nuestros días, consideran la Cuaresma como algo perteneciente a un mundo ya pasado. Carecen de ideas claras; a lo que se añade el peso deformante de comodidades, intereses, egoísmos… En una palabra, el ambiente envolvente de nuestros días. (Ya es sabido que no es el entendimiento el que entiende, sino el hombre entero el que entiende por el entendimiento, que, por tanto, recibe el influjo de todo lo que es y envuelve al hombre).

La Cuaresma no es algo aislado; forma parte del todo constituido por los grandes hechos de la realidad: Dios crea el mundo por amor, que se muestra en la plenitud de dones y de vida, siempre al servicio del hombre; más aún: otorga al ser humano, hombre y mujer, la posibilidad de participar en su misma vida divina. Después surge el pecado, que es actuación egoísta contra el amor a Dios. Pero el pecado del hombre no apaga el amor de Dios al hombre; Dios escogerá un pueblo, hará con él una alianza, mantenida a través de siglos no obstante las repetidas infidelidades de aquel pueblo. Suscitará confidentes suyos —los profetas— que llamarán al pueblo a un tiempo de conversión, de retorno a la fidelidad. Finalmente enviará a su mismo Hijo, que sellará la Alianza al entregar su vida en pago de los pecados de los hombres.

Ese Hijo ha fundado una Iglesia, prolongación de sí mismo. Asamblea paradójica, podríamos decir, pues, perteneciendo sus miembros a Cristo, no obstante cada uno, cada día, libremente puede escoger ser fiel a ese amor que Dios le tiene, o traicionarle amándose a sí mismo por encima de Dios. Bien claro está, en todo caso, que la vocación de todo cristiano —en alguna medida, de todo hombre, me atrevo a decir— es dar testimonio del amor que Dios nos tiene.

La Cuaresma supone tomar conciencia de estos hechos. Frente a ellos nuestra medida es siempre escasa; en consecuencia, tendremos que rectificar nuestros errores, llenar nuestro vacío, cambiar de sentido nuestra vida. Esto es, convertirse, vivir desde el amor y para el amor: perdonar, soportar, ayudar, mirar por el bien del otro, emplear nuestra vida: tiempo, inteligencia, recursos materiales, los dones que Dios ha puesto en nuestras manos para que los indigentes y todo tipo de invidentes capten el amor de Dios a través nuestro; esto es, hacer sitio en nuestras vidas a los intereses de Dios, que son los hombres. Por esto el amor del cristiano a sus semejantes ni busca el propio interés ni tiene límites.

Practicar esto es Cuaresma. En cierto sentido, toda la vida es Cuaresma. Siempre es Cuaresma. Porque es todo tiempo hay que prepararse para la Pascua de Resurrección. Por todo esto la Cuaresma no es tiempo de tristeza, ya que somos perdonados desde el amor. Es tiempo de alegría.

José María Corzo