RetrocesoA&ONº 251/15-III-2001SumarioDesde la feContinuar
No es verdad
Creía yo que el señor Vicepresidente del Gobierno y nuevo Ministro del Interior se había dado por satisfecho, como él mismo había dicho, con las explicaciones más que claras y exhaustivas del cardenal Rouco a propósito de la Iglesia y el terrorismo; pero, por lo visto y oído, parece ser que no. Dice ahora que cuando dijo aquello de que la Iglesia, en esa cuestión, se hacía a un lado, sabía muy bien lo que decía. Eso ya es peor. Porque si señal de grave irresponsabilidad en un gobernante es ya afirmar lo que afirmó inicialmente, ahora es más grave el mantenella y no enmendalla. Debería hacer caso a su maestro don Manuel Fraga, tan sabio al referirse a los que aciertan cuando rectifican.

Lamento de veras tener que reconocer que, en esta ocasión, el señor Rajoy, por quien sentía el más alto respeto y estima, me ha decepcionado y defraudado. No es fácil de entender que una persona de su categoría intelectual no sepa discernir entre algún que otro obispo, que como ciudadano tiene el mismo derecho que los demás a compartir o no una opción política..., y la Iglesia. ¿De verdad que es tan difícil de entender?

Es de suponer que, tras las palabras inequívocas de Juan Pablo II —única autoridad en la Iglesia sobre los obispos— el pasado domingo sobre el terrorismo, los amigos de lo turbio se hayan aclarado y enterado de que la jerarquía, en la Iglesia, es la que es, y no sólo ha hablado con meridiana claridad, antes y ahora, sino que también ha actuado.

El incalificable montaje de El País, y de alguno más, sobre el culebrón en torno a una hipotética, y desde luego no probada, estafa en las Obras Misionales Pontificias es revelador de un cierto modo de entender mal la información. Se mezclan en él nombres de personas ante las que ni siquiera se respeta la más elemental presunción de inocencia, que se concede, como es debido, a cualquier mindundi. Para empezar, tendrán que probar las acusaciones que hacen. De momento, llama muchísimo la atención que se aduzcan en 1997 razones para algo que, como el 15 aniversario del pontificado de Juan Pablo II, fue en 1993, ¡cuatro años antes!

Y sorprende que algún eclesiástico, para el que no ha habido destitución sino normal sustitución, haga ciertas acusaciones insoportables en conciencia pero que no se entiende por qué no las denunció antes, y las soportó tanto, de ser ciertas. ¿No lo hizo antes por amor a la Iglesia y lo hace ahora porque ha dejado de amar a la Iglesia?, o ¿cómo se come eso? Sorprende que lo haga a la prensa. ¿Acaso la prensa —cierta prensa, por cierto— es el foro adecuado para resolver insoportables problemas de conciencia? ¿Y sería soportable en la conciencia, por otra parte, la calumnia? En tal caso, ciertamente, la gravedad moral sí que ya sería insoportable del todo.

La gozosa beatificación de 233 mártires por causa de la fe ha tenido alguna reacción, no por esperada menos infumable. Ya se ve que sigue habiendo gentes a quienes, tristemente, les sigue importando, más que por qué murieron —que es lo esencial—, por qué los mataron. El único riesgo, por desgracia bien previsible, era el de la politización sectaria, por parte de los de siempre, de algo que ni los mártires con la entrega de su sangre y de su perdón, ni la Iglesia al recordar su sagrada memoria, querían ni por lo más remoto politizar. A estas alturas, más de 60 años después, ¿es posible que todavía haya quien, al glosar ambiguamente el acontecimiento, sienta la miserable necesidad de recordar que en la orilla a la que pertenecían los que murieron no faltaban las culpas acumuladas? Volver a recordar eso el día de la beatificación de unos mártires, ¿cómo cabe calificarlo? ¿Alguien de la Iglesia puede seguir hablando de dos orillas ante el abrazo sublime de la víctima a su verdugo? ¿A santo de qué viene la bajeza de recordar, en un día así, el rencor de lo escrito por alguien ¡desde fuera!, desde la tercera España. ¿Cuándo piensan acabar, no ya con las dos, sino con las tres Españas?

Gonzalo de Berceo