RetrocesoA&ONº 251/15-III-2001SumarioDesde la feContinuar
Cine
Chocolate amargo
Con cinco nominaciones a los Oscar —Mejor Película, Mejor Actriz (Juliette Binoche),
Mejor actriz Secundaria (Judi Dench), Mejor Guión Adaptado y Mejor Banda Sonora— se ha estrenado
Chocolat, realizada por el sueco Lasse Hallström, el mismo que dirigió Las normas de la casa
de la sidra,
a la que ya aludimos críticamente en este semanario. Sorprende que una película amable
y amena, pero alicorta en todos los sentidos, aspire al galardón más preciado del tinglado cinematográfico
La acción se sitúa en un pueblo de la Bretaña francesa en la década de los 50. Se trata de una aldea que se conduce bajo la guía espiritual del alcalde, conde de Reynaud, un católico formalista y rígido, que redacta incluso los sermones dominicales del sacerdote. A ese lugar llega Vianne Rocher, una mujer liberal, atea, madre soltera, nómada y de costumbres diferentes a las de los demás. Vianne, encantadora y excelente repostera, abre una chocolatería junto a la iglesia. El alcalde considera que inaugurar semejante establecimiento en plena Cuaresma es toda una provocación demoníaca, y ordena una cruzada contra la inmoralidad, y así conseguir expulsar a Vianne del pueblo. Sin embargo, diversos paisanos no hacen caso de tales amenazas apocalípticas y acuden a la nueva chocolatería a degustar sus especialidades. Entre los asiduos está una anciana diabética que prefiere disfrutar a cuidarse, una esposa maltratada y un gitano también proscrito por las autoridades del lugar. Y paradójicamente, mientras el alcalde trata de cambiar a las personas imponiéndoles penitencias y castigos, y no lo consigue, Vianne, con su chocolate, parece devolver la felicidad a quienes la habían perdido.
Chocolat es de tono amable, entrañable y simpático, pero bajo esa capa de aromático chocolate hay un licor amargo que deja un cierto sabor desagradable. Para analizar con acierto esta película tan dulce en la superficie y tan ácida en el fondo, es necesario traer a la memoria El festín de Babette, uno de los films más católicos de la historia del cine. Y es que ambas tratan el mismo tema desde perspectivas casi opuestas. En realidad, la antigua película danesa partía de una comprensión auténtica y muy esencial del catolicismo y de sus diferencias con la fe protestante. Por el contrario, Chocolat nos presenta una visión deformada, patéticamente moralista e intolerante de nuestra fe. En aquella, un buen banquete servido con exquisitos manjares era metáfora liberadora del Reino de los Cielos, expresión de la Gracia, y conmemoración de amistad y alegría cristianas; en ésta, el deleite de un suave bombón o de una tarta de cacao se presentan como placeres liberadores y anticristianos, que arruinan la voluntad ascética y que conducen al pecado y probablemente al infierno.

Una primera lectura del film evidencia una justa denuncia de la intolerancia, del dogmatismo inquisitorial y del puritanismo mojigato. Un análisis más detenido implica una sutil deslegitimación de la tradición católica, y supone la propagación de un concepto radicalmente equivocado del sentido de la Cuaresma y de la ascesis cristiana. El día de Pascua celebramos la resurrección de la conciencia moral, declara el conde en una suplantación kantiana de la fe. Una vez más (¡siempre igual!), Hollywood nos presenta una fe y una práctica religiosa que nada tienen que ver con Cristo. Y cuando eso ocurre, toda la institucionalidad litúrgica y eclesial se convierten necesariamente en una parafernalia que, en absoluto, se corresponde con el corazón del hombre. Y es entonces cuando una buena trufa satisface más que un montón de prácticas vacuas e incómodas. El hecho de que el director venga de una cultura ultraluterana favorece este, nunca mejor dicho, cacao mental.

En definitiva, hay que recordar que es patrimonio del católico un auténtico goce de las cosas buenas de la vida, y que él disfruta de todas ellas sin entregarles el corazón, ya que éste pertenece a Otro, que es origen de todos los bienes. Un católico cabal sabe, como Cristo, del placer de un buen vino y de unas deliciosas viandas, signos ambos del don de la vida, del regalo de nuestra existencia.

Por tanto, estamos ante una película tramposa, como Las normas de la casa de la sidra, que mezcla deliberadamente churras con merinas, y en esta ocasión se sirve de una caricatura deformante del catolicismo para asociarle gratuitamente la intransigencia, la antinaturalidad, la tristeza y la hipocresía más deleznable. Y aunque al final del film todos los catolicones cambian y se hacen tolerantes y desinhibidos degustadores de chocolate, el mensaje que se lleva a casa el incauto espectador joven es claro: ¡qué triste y amargo es ser católico! En fin, cabe por tanto una última pregunta: aunque los actores estén magníficos y la puesta en escena sea elegante, ¿es una película así la que queremos que gane los oscars?

Juan Orellana