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Hace unos días, en un programa de radio, se hacía una encuesta a los oyentes: ¿Quién manda en casa: el marido, la mujer, y por qué? Durante el tiempo que los micrófonos permanecieron abiertos, los oyentes no dejaron de intervenir explicando quién mandaba en sus hogares: por lo general, si se trataba de cosas sin importancia o de temas domésticos, mandaba la mujer. Pero en cuanto había que abordar decisiones importantes, era el hombre quien tomaba las riendas del asunto y se hacía lo que él consideraba oportuno.
Una sociedad que se enorgullece de haber traspasado el umbral del tercer milenio, en este 2001, podía presumir también de haber superado los viejos tópicos del machismo y del feminismo. Una relación de pareja no se basa en un equilibrio de fuerzas: quién tiene más poder, quién manda más, quién se queda con la última palabra, qué voluntad se impone Una relación, basada en el amor, no debe preocuparse por quién toma las decisiones, sino por desde dónde y cómo se toman, sin dañar al otro, sin despreciarle o infravalorarle. O, en nuestra relación de cristianos con Dios, ¿no es Él quien establece sus designios y nosotros quienes los seguimos con gozosa libertad? María Dolores Gamazo |