El gato es el tigre de salón, que decía Neruda, el bicho más independiente que parió criatura. Que no nos engañemos, no es un animal doméstico sino domesticado, que no es lo mismo, porque hay que hacer esfuerzos para traérselo a la vida de casa y, aun así, es un
free lance ingobernable. No es como el perro, que nace para obedecer indicaciones precisas. A las gatas, sin embargo, les gusta criar a sus retoños fuera de casa. A la televisión le pasa lo mismo, no es un objeto doméstico, por mucho que le metamos en ese paquete de electro-domésticos, sino susceptible de domesticación.
Ahora bien, una cosa es que tengamos que gobernarla a golpe de selección, atención crítica y mando a distancia, y otra muy distinta es que la descalifiquemos gratuitamente, así, porque no deja de ser políticamente correcto irnos de la lengua con descalificaciones de telebasura y otras lindezas. Ni somos críticos a la hora de seleccionar programación ni a la hora de emitir juicios ponderados sobre ella. De un tiempo a esta parte, desde hace aproximadamente 10 años, la televisión se ha convertido en un tema de debate, las secciones se han multiplicado hasta cubrir páginas enteras de los diarios. Antes no existía el papel del crítico de televisión, y ahora incluso intelectuales de mérito han dedicado sesudos estudios sobre su papel, su futuro... (Popper, Clarck, Bosetti). Hace unos días asistí a una conferencia de un periodista conocido que se despachó a gusto con la televisión, metió tres balas en el cerebro catódico con el consentimiento del respetable, una audiencia entregada que reía sus bromas sin recato. Se nos dijo que Farmacia de guardia no habría resistido ni dos capítulos de emisión con el nuevo e infernal criterio de programación, que sacrifica todos sus hijos a la cifra de audiencias; también se habló de la necesidad de que los niños vieran la televisión siempre acompañados; y, por supuesto, que la televisión es un gigantesco negocio.