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El deber de fomentar las vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana.La mayor ayuda la prestan las familias que, animadas del espíritu de fe, caridad y piedad, son como un primer seminario, y, por otro, las parroquias, de cuya fecundidad de vida participan los propios adolescentes. Los maestros y cuantos de una manera u otra se ocupan de la formación de niños y jóvenes, principalmente las asociaciones católicas, procuren educar a los adolescentes a ellos confiados de suerte que éstos puedan percibir y seguir gustosos la vocación divina. Demuestren todos los sacerdotes el celo apostólico, sobre todo, en el fomento de las vocaciones y, con el ejemplo de su propia vida humilde y laboriosa, llevada con alegría, y el de una caridad sacerdotal mutua y una unión fraternal en el trabajo, atraigan el ánimo de los adolescentes al sacerdocio.Entiendan con toda claridad los seminaristas que su destino no es el mando ni son los honores, sino la entrega total al servicio de Dios y al ministerio pastoral.Edúqueseles en la obediencia sacerdotal, en el tenor de vida pobre y en el espíritu de la propia abnegación, de suerte que se habituén a renunciar con prontitud a las cosas que, aun siendo lícitas, no convienen, y asemejarse a Cristo crucificado. Los alumnos que, conforme a las santas y firmes leyes, siguen la venerable tradición del celibato sacerdotal, han de ser educados cuidadosamente para este estado, en el cual, renunciando a la sociedad conyugal por el reino de los cielos, se unen alSeñor con un amor indiviso que está íntimamente en consonancia con el Nuevo Testamento; dan testimonio de la resurrección en el siglo futuro; y tienen a mano una ayuda importantísima para el ejercicio continuo de aquella perfecta caridad que les capacita para hacerse todo a todos en su ministerio sacerdotal.Sientan profundamente con cuanta gratitud han de abrazar dicho estado, considerándolo no ya sólo como precepto de la ley eclesiástica, sino como don precioso de Dios, que han de impetrar humildemente; don al que deben apresurarse a corresponder libre y generosamente con el estímulo y ayuda de la gracia del Espíritu Santo. Decreto Optatam totius, 2. 9-10 |