|
|
Jesús Colina. RomaCon la beatificación del pasado domingo 11 de marzo, el Papa ha autorizado el culto a 233 hombres y mujeres, laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas, de todas las edades, mártires de la fe, no de la política aclaró en la persecución religiosa española entre los años 1936 y 1939. Un testimonio que, gracias a la beatificación, será recordado a partir de este año de manera especial el 22 de septiembre. Juan Pablo II recibió, de manos de tres hijos de algunos de los mártires beatificados, un gran relicario en plata, obra del orfebre valenciano Antonio Piró, en el que se contenían reliquias representativas de los mártires. Fueron momentos intensos, quizá los de mayor conmoción. Hombres y mujeres algunas luciendo estupendas peinetas se abrazaron al Pontífice en un momento que llevaban esperando desde hace más de 62 años. Después, hermanos de los Institutos de vida consagrada a los que pertenecían algunos mártires, elevaban las Oraciones de los Fieles para pedir paz para España y para el mundo entero. Parecía que hasta la climatología romana se había puesto de acuerdo, acompañando esta fiesta del Espíritu con una mañana verdaderamente primaveral. Con emoción particular, desde su casa natal de Bonrepós, siguió la celebración un sacerdote que bien podía haber estado en la lista de los 233 mártires: Eugenio Laguarda Palau, de 90 años. Ni una paliza de culatazos en la cara, ni un tiro de pistola que entró por debajo del ojo izquierdo, atravesando la garganta hasta alojarse en el pulmón izquierdo, consiguieron acabar con su vida el 17 de junio de 1938. Nunca antes un compañero de martirio había asistido a una beatificación. |
|
Refiriéndose a los 233 asesinados durante la terrible persecución religiosa que azotó España en los años treinta del siglo pasado, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, padres y madres de familia, jóvenes laicos, Juan Pablo II recordó cómo fueron asesinados por ser cristianos, por su fe en Cristo, por ser miembros activos de la Iglesia. Todos ellos, según consta en los procesos canónicos para su declaración como mártires, antes de morir perdonaron de corazón a sus verdugos.
¿Cómo no conmovernos profundamente al escuchar los relatos de su martirio?, se preguntó el Pontífice. La anciana María Teresa Ferragud añadió fue arrestada a los ochenta y tres años de edad junto con sus cuatro hijas religiosas contemplativas. El 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey, pidió acompañar a sus hijas al martirio y ser ejecutada en último lugar, para poder así alentarlas a morir por la fe. Su muerte impresionó tanto a sus verdugos que exclamaron: . No menos edificante fue el testimonio de los demás mártires, como el joven Francisco Alacreu, de veintidós años, químico de profesión y miembro de la Acción Católica, que consciente de la gravedad del momento no quiso esconderse, sino ofrecer su juventud en sacrificio de amor a Dios y a los hermanos, dejándonos tres cartas, ejemplo de fortaleza, generosidad, serenidad y alegría, escritas instantes antes de morir, a sus hermanas, a su director espiritual y a quien fuera su novia, afirmó Juan Pablo II. Ahora, con esta solemne proclamación de martirio, la Iglesia quiere reconocer en aquellos hombres y mujeres un ejemplo de valentía y constancia en la fe, auxiliados por la gracia de Dios. Son para nosotros modelo de coherencia con la verdad profesada, a la vez que honran al noble pueblo español y a la Iglesia, continuó diciendo el Papa. ¡Que su recuerdo bendito aleje para siempre del suelo español cualquier forma de violencia, odio y resentimiento! Que todos, y especialmente los jóvenes, puedan experimentar la bendición de la paz en libertad: ¡Paz siempre, paz con todos y para todos! Un mensaje de candente actualidad. Al final de la Eucaristía, antes de despedirse de los peregrinos a mediodía, el Pontífice les confesó cuál es, según él, el mensaje que dejan esos mártires a la España de hoy: Que los nuevos beatos, modelo de coherencia de vida, constancia en la fe y espíritu reconciliador, intercedan en el cielo por sus paisanos de hoy, los impulsen a mantener vigorosa la savia cristiana que fecunda su historia patria y alienten sus esfuerzos por alcanzar cotas cada vez más altas de concordia, solidaridad y fraternidad. Al final, el sucesor de Pedro recibió el saludo de la delegación del Gobierno español, presidida por el ministro de Medio Ambiente, Jaume Matas. También asistieron el Secretario de Estado de Justicia, José María Michavila; el Presidente de la Generalitat Valenciana, Eduardo Zaplana; la Alcaldesa de Valencia, Rita Barberá; el Presidente de la Diputación de Valencia, Fernando Ginerel; el Presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana, Juan Luis de la Rúa; el Vicepresidente primero del Congreso de los Diputados, Francisco Camps, y el Director General de la Policía, Juan Cotino. El Papa había concelebrado la Eucaristía con 56 cardenales, arzobispos y obispos, entre ellos el cardenal arzobispo de Madrid, monseñor Antonio María Rouco Varela; el de Barcelona, monseñor Ricard María Carles; el arzobispo de Valencia, monseñor Agustín García-Gasco; los obispos de Segorbe-Castellón, monseñor Juan Antonio Reig, y de Alicante, monseñor Vitorio Oliver, así como el obispo de Lérida, monseñor Francisco Ciuraneta. El obispo de Roma, sin embargo, no quiso marcharse sin saludar lo más personalmente posible a los peregrinos. Por eso pidió recorrer en automóvil descubierto la plaza de San Pedro para ver sus rostros emocionados más de cera. Para esos momentos, la emoción contenida de inicios de la celebración se había desbordado ya, inundando de calor ibérico una mañana que los romanos tardarán en olvidar. Aunque sólo sea por el bullicio y la alegría con que se fueron a comer. Para recordar una beatificación así, que supone el último paso antes de la declaración de la santidad, hay que remontarse a más de un siglo atrás, cuando el papa Pío IX elevó a la gloria de los altares a 206 mártires japoneses. |