RetrocesoA&ONº 251/15-III-2001SumarioTestimonioContinuar
Insólita justicia
Mi padre fue un gran profesor de sordos; falleció el 19 de octubre pasado.
Al poco tiempo de su muerte, me llegó la siguiente noticia:
Nicolás es un joven francés de 17 años. Nació con graves deficiencias causadas por la rubeola, que padeció su madre y que le afectó también a él cuando estaba en el seno materno. Entre otras, tiene sordera, problemas de corazón y neurológicos. Su madre se había sometido durante el embarazo a un examen médico para averiguar si tenía la rubeola, ya que su hija mayor la había contraído y podía contagiársela. Su intención era abortar si el resultado era positivo. Erróneamente se le dijo que no tenía rubeola.

Cuando nació Nicolás, sus padres consiguieron una indemnización por los perjuicios causados por este error de diagnóstico. Posteriormente, y para asegurar la asistencia de su hijo durante toda su vida, presentaron en su nombre otra demanda. Esta vez se exigía, en nombre de Nicolás, una indemnización por el error médico que le permitió nacer con vida.

El pasado noviembre, el Tribunal de Casación Francés dictó sentencia a favor de Nicolás: éste podría exigir la reparación del daño que le habían ocasionado el médico y el laboratorio al impedir, por su diagnóstico incorrecto, que su madre ejerciera la opción de interrumpir el embarazo.

Estos hechos hacen resonar en mi corazón, con más intensidad, el eco de los esfuerzos de mi padre y de tantos otros, hombres y mujeres, que luchan por conseguir para las personas con algún tipo de discapacidad el lugar que les corresponde en la sociedad; y me pregunto si una sentencia como ésta no dice a gritos que más valdría que no hubieran nacido. Mi padre, Manuel Aroca Rozalén, fue el fundador y primer director del Instituto Hispanoamericano de la Palabra —Madrid—, autor del método M.A.R. Para enseñar la palabra al niño sordo. Su dedicación y cariño por esta labor fueron extraordinarios. Me impresionó particularmente algo que le oí decir en una conferencia a profesores: Llenad de felicidad la vida de los niños sordos. Que cuando lleguen a hablar no sea para maldecir el día en que nacieron sordos. Con frecuencia repetía: Enséñale, pero, sobre todo, ámale.

Pienso que la justicia debería proteger a todos. Sólo así podrá favorecer una convivencia pacífica. Es preciso asegurar, preferentemente y durante toda su vida, el bienestar de las personas con discapacidad. Si las cosas fueran así, es probable que los padres de Nicolás no hubieran tenido que formular tan insólitas demandas.

¿Quién dictará la sentencia que defienda a tantas personas a las que se les quita la vida antes de nacer? Son incalculables las pérdidas que estamos padeciendo al privar a este mundo nuestro de tantas personas insustituibles —tengan minusvalías o no—. Si la vida de Nicolás puede ser considerada por un tribunal legítimo como un perjuicio que le da derecho a indemnización, ¿cómo podremos estar seguros de que esa justicia protegerá su vida? Evidentemente, es legítimo que unos padres aseguren el futuro de su hijo, sobre todo si tienen dificultades especiales como en este caso, pero ¿a costa de qué? No puedo creer en una justicia que anula el valor de la vida de un minusválido.

He recibido un fax desde Costa Rica. Lo escribe María, una de las primeras alumnas que tuvo mi padre; padece sordera total de nacimiento y aprendió a hablar con él. Entre otras cosas dice: Lamentamos la partida de don Manuel, nuestro gran profesor. Sentimos en la distancia que perdimos a un gran y buen amigo.

Y vuelvo a oír en mi corazón: Sobre todo, ámalos. Que no maldigan el día en que nacieron sordos.

Isabel María Aroca González
Pedagoga