RetrocesoA&ONº 251/15-III-2001SumarioTestimonioContinuar
En la muerte del padre Gafo
Recién cerrado nuestro último número, nos llegó la triste noticia del fallecimiento del jesuita padre Javier Gafo.
Nos unimos a los familiares y a la Compañía de Jesús en la oración y en la esperanza. De una de sus colaboraciones en Alfa y Omega,
titulada Le quiero, aunque sé que no puede escucharme (20 de abril de 1996), reproducimos este extracto:
Se llama Silveria Bordón y cuida día y noche a su hijo Félix desde hace 30 años en un pueblo de Gran Canaria. El 14 de marzo de 1996, Félix, de 21 años, sufría un grave accidente de moto, tras el que no ha vuelto a adquirir la conciencia. La madre cuenta, con gran alegría, cuando a los tres meses del accidente su hijo volvió a abrir los ojos: Fue como si me hubiera tocado la mejor de las loterías. Pero su hijo ha seguido sin reconocerla y ella sigue cuidándolo con todo cariño, haciendo cursos para que Félix tome una alimentación sana que impida que su cuerpo se llague. Las profundas convicciones religiosas de Silveria le llevan a afirmar que venimos a este mundo para ayudar a los que nos necesitan. Mi Félix no es para mí una carga.

El otro caso no tiene nombre; se le llama con el seudónimo de el niño de Rochester, la localidad en donde se encuentra el hospital en que ha nacido. Es un niño sietemesino, que pesó al nacer algo menos de un kilo. Su madre, de 29 años, parece estar también en ese tremendo estado vegetativo desde hace diez años, como consecuencia de un accidente de coche, y fue violada brutalmente en el mismo hospital. Los abuelos del niño, católicos convencidos, la visitan casi todos los días y rezan a los pies de su cama pidiendo un milagro. Cuando el día de Nochevieja se les dio la noticia del embarazo, la recibieron como un regalo de Navidad. Los médicos tienen esperanzas de que el niño pueda seguir viviendo, y los abuelos, que se negaron al aborto, esperan poder quedarse con su nieto. Es un caso que ejemplifica palmariamente eso de que el embrión o el feto no es una parte del cuerpo de la madre. Pero, sobre todo, los dos casos sirven como un símbolo de lo que los cristianos celebramos en la Pascua: que de la muerte siempre puede surgir la vida.

Hay mucho de fe en la resurrección en estos testimonios.

Javier Gafo, S. J.