|
|
Inma Álvarez Manuel González nació en Sevilla en 1877, en el seno de una familia piadosa; en esta ciudad creció y se educó, incluso llegó a ser seise de la catedral hispalense. Ingresó en el Seminario y el 21 de septiembre de 1901 fue ordenado sacerdote por otro santo varón, el Beato monseñor Marcelo Spínola. Éste le encomienda el cuidado de la ciudad de Huelva, donde el anticlericalismo, alimentado por la pobreza y la opresión social de los obreros, estaba muy enraizado. Allí entra como arcipreste el 16 de junio de 1905, y se dedica a la promoción de obras de atención social, especialmente escuelas y asociaciones obreras. El 16 de enero de 1916 es consagrado obispo, y pasa a ser auxiliar de Málaga, cuyo obispo titular, monseñor Juan Muñoz Herrera, estaba muy enfermo. Ya como titular, desde 1920, comienza una importante obra social, como la organización de la Confederación Nacional Católica Agraria, la creación de escuelas católicas, etc. Creó varias asociaciones de vida espiritual: Las Marías, Los Niños Reparadores, los Discípulos de San Juan, y, para coordinar su obra, crea las Hermanas de Marías Nazarenas, hoy Misioneras Eucarísticas de Nazaret. |
| Para muchos, su obra más importante fue, en 1924, la erección del Seminario diocesano, inaugurando una nueva pedagogía con los seminaristas, al tiempo que fortalecía su formación espiritual y teológica, en línea con algunas intuiciones que empezaban a despuntar en el Concilio Vaticano I, aunque estaban presentes en Trento: la formación deficiente de muchos curas de misa y olla, los sistemas beneficiales de canonjías y parroquias o la influencia de los políticos para promocionar o no a ciertos sacerdotes, o el hecho de confiar la formación de los seminaristas a las órdenes religiosas, son asuntos que el obispo de Málaga intentó corregir. Para don Manuel, la reforma del clero debía llevarla a cabo el propio obispo de la diócesis. La espiritualidad que instituyó en el Seminario estaba básicamente centrada en los sacramentos del Bautismo y del Orden, intuición que luego sería recogida por el Concilio Vaticano II. También trajo al Seminario a un monje benedictino de Silos para instruir a los futuros sacerdotes en el amor a la liturgia. Intentó imbuir a sus ordenandos del amor a la diócesis como el verdadero hogar de un sacerdote. Fruto de este Seminario fueron diez mártires durante la guerra, especialmente el Rector, don Enrique Vidaurreta, actualmente beatificado, y de un seminarista, Juan Duarte, brutalmente asesinado. Monseñor Manuel González había tomado ya antes la decisión de abandonar Málaga, en 1931, tras los brutales asaltos de varios edificios de la diócesis, especialmente del Palacio episcopal, que le produjeron una terrible impresión de la que no pudo sobreponerse. Siguió dirigiendo la diócesis desde Madrid, a la espera de que el Papa lo enviara de vuelta a Málaga, y sufriendo por el destino de sus sacerdotes (el 47,8% del clero fue martirizado). En lugar de ello, el Papa lo envía en 1935 a Palencia, de donde fue obispo hasta su muerte, en 1940, en un hospital de Madrid. A Palencia se llevó sus fundaciones y su preocupa-ción por la formación del clero.
La vida de monseñor Manuel González puede resumirse en un punto: su extraordinario amor por la Eucaristía y por el Señor Sacramentado. Todas sus fundaciones espirituales tienen un fuerte sello e inspiración en la Eucaristía. De él decían que miraba con tal pasión el Sagrario, que parecía estar hablando con el Señor. De este gran amor viene el hecho de que se le conozca como el Obispo del Sagrario, hasta el punto de que pidió como última voluntad ser enterrado junto a uno o, si no era posible, junto a la casa de un pobre: Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasan: "Ahí está Jesús. Ahí está. ¡No dejadlo abandonado!" La diócesis malagueña prepara con gran alegría la beatificación de su antiguo pastor. Monseñor Antonio Dorado, actual obispo de Málaga, considera que Don Manuel tiene mucho que decirnos sobre el ardor apostólico, sobre la fuerza transformadora de la Eucaristía, sobre las virtudes básicas del sacerdote y sobre la fortaleza del apóstol ante las dificultades. |