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Si se ha podido afirmar que el cine, en su esencia, es un fenómeno cristiano, es porque el cine, como el cristianismo, tiene como sujeto al hombre; un "travelling" hacia un rostro es una viva metáfora cristiana. Así escribía, hace ya algo más de 30 años, un excelente crítico de cine, José María Pérez Lozano, cuya pasión por el Séptimo Arte, como por todo lo realmente humano de la vida, nacía de la fe y del amor que había recibido en su encuentro con Jesucristo. A partir de ahí, todo queda iluminado, y el interés por el hombre, por la profundidad de su corazón, por la grandeza de su destino, se convierte en la pasión que llena la vida. De este modo, lo religioso continuaba Pérez Lozano no es un apartado, un "género" cinematográfico. Como tampoco lo es hemos de añadir en los demás ámbitos de la vida. Por eso un semanario como éste, de información religiosa, no restringe su mirada a un apartado, sino que abraza la vida entera, al hombre entero, cuerpo y alma, sentimiento y trabajo, y desde lo más hondo de su ser hasta lo más extenso de su unión con la Humanidad entera. |
| Desde sus inicios, Alfa y Omega no ha pretendido, ni pretende, otra cosa que mostrar esa mirada verdaderamente universal que brota de la fe cristiana y lo ilumina todo. Bajo el cintillo de Mundo, o de España, puede encontrarse un vibrante testimonio de oración, mientras las críticas de cine, por ejemplo, o los juicios sobre la política o la economía, se encuentran en las páginas Desde la fe. A la hora de premiar el mejor cine, es decir, el más verdaderamente humano, nuestro semanario no podía prescindir de esta mirada al corazón mismo del hombre. Así lo viene haciendo ya durante seis años consecutivos. No resulta fácil romper el falso cliché de que lo religioso es una parcela de la vida cuando está metido hasta el fondo de la mentalidad común, desde que se trató de recluir a Dios en las sacristías, olvidando que en Dios vivimos nos movemos y existimos, como afirmó con toda fuerza san Pablo en el areópago de Atenas. Hace falta cambiar la mentalidad; eso es precisamente convertirse. Y no es sólo una exigencia cuaresmal para algunos, es hoy la necesidad más imperiosa de toda la Humanidad.
No siempre el cine, por desgracia, hace honor a la grandeza de su ser expresión del hombre y para el hombre; la ausencia, en la inmensa mayoría de las películas, de seres humanos de carne y hueso, con sus miserias y con sus esperanzas, pone en evidencia el grave deterioro de lo humano en nuestro mundo. No podía ser de otro modo si falta esa mirada que descubre la imagen misma del Creador grabada a fuego en el corazón de todo hombre. Pero esa mirada no es posible sin recibir la luz que ilumina los ojos. Aquel que es la luz del mundo ya nos advierte que, si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo. De ese hoyo en que se encuentra tanto cine, como tantas otras realidades de la vida, sólo es posible salir de la mano de la Luz, que se ha hecho carne y habita entre nosotros, y que tiene un resplandor especialmente apropiado cuando nos llega a través de las cámaras. Es el caso de no pocas de las películas que han recibido los Premios Alfa y Omega 2001 al mejor cine, es decir, al más humano, de los doce últimos meses. La falta de humanidad en la inmensa mayoría de las películas que invaden las grandes y las pequeñas pantallas es, sin duda, un claro síntoma de la descristianización de nuestro mundo. Pero la presencia de películas como las de Zhang Yimou, que reciben este año el máximo galardón de nuestro semanario, justamente porque son una hermosa mirada al corazón, constituyen un signo indudable de esperanza. |