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El 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, la Iglesia celebra que una doncella concibió en el tiempo, por obra del Espíritu Santo, al Hijo eterno de Dios y le dio carne humana. Juan Pablo II firmó, hace seis años, en esa fecha, la encíclica Evangelium vitae, sobre el valor y la inviolabilidad de la vida humana. La carta quería ser una llamada apasionada dirigida a todos y cada uno en nombre de Dios: ¡Respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda la vida humana! ¡Sólo por este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad (n. 5).
El reconocimiento y respeto de la familia y la vida son, sin duda, retos fundamentales del momento actual. Así lo ha manifestado, una vez más, Juan Pablo II en su Carta apostólica Novo millennio ineunte. La intervención de la Iglesia en defensa de la familia y de la vida es parte esencial de su misión evangélica. El Papa insiste en que, al comienzo del nuevo milenio, se debe prestar especial atención a algunos aspectos de la radicalidad evangélica que, a menudo, son menos comprendidos, hasta el punto de hacer impopular la intervención de la Iglesia, pero que no pueden por ello desaparecer de la agenda eclesial de la caridad. Me refiero al deber de comprometerse en la defensa del respeto a la vida de cada ser humano desde la concepción hasta su ocaso natural. |
| Ante la nueva potencialidad de la ciencia, especialmente de las biotecnologías (reproducción artificial, ingeniería genética, etc.), el Papa recuerda a toda la Iglesia que el servicio al hombre nos obliga a proclamar, oportuna e inoportunamente
(que) nunca han de ignorar las exigencias fundamentales de la ética, apelando tal vez a una discutible solidaridad que acaba por discriminar entre vida y vida, con el desprecio de la dignidad propia de cada ser humano.
El problema es cómo hacer llegar al pueblo cristiano y a la sociedad entera lo que está en juego: el hombre y su dignidad. Por eso, continúa el Papa diciendo que, en estos campos de la biotecnología, delicados y controvertidos, es importante hacer un gran esfuerzo para explicar adecuadamente los motivos de las posiciones de la Iglesia, subrayando sobre todo que no se trata de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe, sino de interpretar y defender valores radicados en la naturaleza misma del ser humano. Un deber especial en este campo tienen los científicos cristianos biólogos, médicos, filósofos, moralistas y juristas de explicar qué es lo que ocurre en esas nuevas técnicas y cuáles deben ser los principios éticos irrenunciables para no seguir caminos de investigación contrarios a la dignidad del hombre y su verdadero progreso. Es especialmente grave el problema de los crímenes legalizados, apelativo con que el Papa se refirió al aborto y a otras prácticas de la cultura de la muerte, con ocasión del V aniversario de la publicación de la Evangelium vitae. En aquella ocasión llamaba Juan Pablo II a la conciencia civil y moral a no aceptar esta falsa inevitabilidad, del mismo modo que no acepta la idea de la inevitabilidad de las guerras o de los exterminios interétnicos, y, por tanto, a no abandonar la lucha porque se deroguen cuanto antes esas leyes injustas que permiten matar a seres humanos inocentes e indefensos. No tiene razón de ser esa mentalidad abandonista que lleva a considerar que las leyes contrarias al derecho a la vida las leyes que legalizan el aborto, la eutanasia, la esterilización y la planificación de los nacimientos con métodos contrarios a la vida y a la dignidad del matrimonio son inevitables y ya casi una necesidad social. Por el contrario, constituyen un germen de corrupción de la sociedad y de sus fundamentos. Los cristianos, unidos a todos los hombres de buena voluntad, estamos llamados a expresar con valentía y unión nuestro compromiso a favor de la vida, con palabras de denuncia profética, con una paciente y valiente obra formativa, y con proyectos e iniciativas concretas de servicio a la vida: educación afectivo-sexual, especial cuidado a la educación al amor y al matrimonio en los distintos ámbitos; centros de métodos naturales de regulación de la fertilidad, de orientación familiar, de acogida de la vida que va a nacer, de atención a enfermos terminales y ancianos..., convencidos de que cada paso dado en defensa del derecho a la vida y en su promoción concreta es un paso dado hacia la paz y el verdadero progreso. Inocente García de Andrés |