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En los años 70, en Italia, un vendedor de jeans no sólo llamó Jesus a sus pantalones; además, sobre un par de nalgas femeninas vestidas con aquella indumentaria lanzó el eslogan: Quien me ama, que me siga. Años después, una marca de café ha lanzado una serie de spots televisivos que tenían por protagonistas a personajes del Paraíso (san Pedro incluído) que degustaban esta bebida. Una empresa rival ha replicado ambientando sus spots en el infierno, con el Archidiablo, demonios y condenados. Se utilizan, especialmente, hombres y mujeres de Iglesia. Una empresa de confección ha buscado, y por desgracia, conseguido, el escándalo con la imagen del beso entre un cura y una monja. Las loterías son promocionadas por una comparsa disfrazada de fraile. Los vendedores de embutidos recurren a un cura vestido de sotana, que lleva de paseo a los chicos del oratorio y les entusiasma con sus bocadillos. Justo en estos meses se ha llegado a la parodia de la Eucaristía: a los frailes que tosen en el coro, el superior les distribuye pastillas para el dolor de garganta, como si fuera la comunión. Y el elenco, casi siempre penoso, podría continuar.
Una primera reacción podría ser, paradójicamente, de alabanza al cristianismo, especialmente al catolicismo. De hecho, el uso generalmente blasfemo o, al menos, gravemente irreverente de temas parecidos a costa de otras religiones provocaría seguramente reacciones durísimas. En suma, también el caso publicitario confirma que, por cuanto toca al catolicismo, cualquiera puede impunemente decir y hacer lo que le parezca. Efectivamente, a las protestas de otras comunidades de creyentes no les faltaría el apoyo universal: todos los secuaces de lo políticamente correcto (por tanto, la casi totalidad de periodistas, políticos y bienpensantes) apoyarían la reacción de quien se sintiera ofendido y pontificarían, con grave acento, sobre la falta de respeto, sobre el ataque a las convicciones personales, sobre la falta de tutela. Si, en cambio, reaccionaran los católicos, la situación daría la vuelta: los intolerantes, los censores, los nostálgicos de la Inquisición serían ellos y sólo ellos. Y para evitar estas acusaciones, los católicos casi nunca protestan. Pero, tras su falta de reacción que para algunos sería debilidad, hay en realidad una fuerza, que es la de la tolerancia, la de la mansedumbre, la de la comprensión, la de la falta de rencor. Y también la conciencia de que Dios es el Padre de todos: también de los publicitarios, más desventurados que culpables, porque verdaderamente no saben lo que hacen. Y además, digámoslo: la publicidad busca eficacia. Y la elección de temas cristianos ¿no es, en el fondo, sino la admisión de que no hay nada más eficaz que la referencia a una religión que, incluso tratada de forma irreverente, muestra su garra entre la gente? Vittorio Messori, en la revista italiana Jesus |