RetrocesoA&ONº 252/22-III-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
Cuarto Domingo de Cuaresma
Amor sin medida
Este domingo nos presenta la conocida parábola del hijo pródigo, llamada también del buen padre. Este pasaje evangélico se encuentra situado en la tercera parte del evangelio de San Lucas, en la segunda etapa del viaje de Jesús a Jerusalén. El tema de la sección es el amor, manifestado en el marco simbólico de un banquete (Lc 14), expresión de la misericordia de Dios Padre (Lc 15). La enseñanza va dirigida a los discípulos, aunque el auditorio estaba compuesto por fariseos y maestros de la ley, y brota del hecho de que los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús..., y aquellos murmuraban. Cristo aprovecha la ocasión para descubrirnos la imagen de un Dios que ama y perdona con la fuerza de un padre y la ternura de una madre.

Dios viene para todos los hombres, para aquellos que saben que son pecadores y lo reconocen, y para los que no lo saben. Los dos hermanos de la parábola son pecadores. El pequeño ha querido libremente romper con el padre, y éste lo respeta tanto que no le importa que el motivo de su vuelta a casa sea la difícil situación que está atravesando. Lo que cuenta es que ha reconocido su pecado y acepta con humildad la benevolencia del padre, representada en la calurosa acogida, el festín, las nuevas vestiduras y sus palabras cargadas de emoción: Este hijo mío.

Pero la alegría del padre no es completa, porque el hermano mayor se comporta con el mismo orgullo del fariseo que iba a rezar al Templo presumiendo de ser hombre de bien (Lc 18). De ahí que cuando se presenta ante el padre exclame: ¡Ese hijo tuyo! No había descubierto que para estar de pleno derecho en la casa (Iglesia) es necesario aceptar al pecador e imitar la misericordia divina, y por ello corre el riesgo de excluirse a sí mismo al no amar a su hermano, hijo del mismo Padre, que hace salir el sol para todos, buenos y malos; que se alegra del amor de los suyos y sale cada día al camino para ver si vuelve el hijo que se ha ido de casa; que acoge sin resentimiento alguno a quien regresa a Él, pues aborrece el pecado, pero ama a los pecadores (CEE, Dios es Amor, 31).

En resumen, esta parábola muestra en toda su intensidad la revelación cristiana del Dios Abba-Padre, cuya identidad es libertad, amor, comprensión; y asimismo evidencia que la naturaleza humana es débil, orgullosa, capaz de llegar hasta la bajeza de comer con los cerdos, pero también con fuerzas para ponerse en camino y volver a la casa del padre.

+ Juan del Río Martín
Obispo de Asidonia-Jerez