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Jesús Colina. RomaLa misiva, de siete páginas, fue entregada a los cardenales el 22 de febrero, fiesta de la Cátedra de San Pedro, en cuya víspera el Papa había creado a 44 nuevos cardenales, cuatro de ellos alemanes. Es fruto del largo conocimiento y seguimiento de Juan Pablo II de la vida de los católicos en ese país. Ya cuando era cardenal de Cracovia, fue nombrado por el episcopado polaco como su representante en las relaciones con la Iglesia alemana, con el objetivo de buscar una reconciliación entre estas dos comunidades, que pusiera punto final a los rencores generados tras la segunda guerra mundial. La misión de Karol Wojtyla fue todo un éxito y, de hecho, en el cónclave del que saldría elegido sucesor de Pedro contó desde un primer momento con el apoyo de cardenales de lengua alemana. Juan Pablo II comienza reconociendo el dinamismo de la Iglesia en Alemania, y en especial su ejemplo de solidaridad con personas y pueblos pobres en las diferentes partes del mundo. Diócesis enteras de Iberoamérica, África y Europa del Este viven económicamente en estos momentos de la generosidad de los católicos alemanes. El Papa destaca también la importante estructura organizativa de la Iglesia en ese país. De hecho, la Iglesia católica es una de las empresas más grandes del país en número de empleados; le sigue, por poco, la Volkswagen. Ahora bien, el Pontífice reconoce que también en este entramado puede penetrar la secularización, minando por dentro a la Iglesia. No puede pasarse por alto que cada vez más personas se alejan de la vida activa de fe, o sólo aceptan una parte del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia, constata el Santo Padre en su mensaje. |
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Para responder a esta situación hace cuatro propuestas pastorales, destinadas a recuperar el amor a la camiseta entre los católicos.
Ante todo reconoce la importancia que tiene, en este sentido, la enseñanza de la teología y de la catequesis. Es lógico que, cuando la transmisión de la fe no se inspira en el magisterio de la Iglesia (sino más bien en la última idea de moda), difícilmente la gente podrá reconocerse en las enseñanzas del Papa y de los obispos. Aquellos que desempeñan en nombre de la Iglesia el servicio del magisterio y de la pastoral deben estar firmemente anclados en la fe de la Iglesia para no ceder ante el espíritu del tiempo o a la resignación, sugiere la carta pontificia. La segunda propuesta del obispo de Roma tiene una importancia decisiva: afecta a lo más íntimo de las comunidades cristianas y de la sociedad: la familia. En una sociedad que mina su importancia hasta con medidas legales, se podría llegar incluso a relativizar el valor del matrimonio y su indisolubilidad sagrada. El Papa, en realidad, no repite nuevas ideas; confirma lo que siempre ha dicho la Iglesia y recomienda en particular la lectura de la encíclica Humanae vitae, de Pablo VI (1968), y de la Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la comunión de los divorciados que se han vuelto a casar (1994). Pide así a los pastores alemanes dar orientaciones claras, para que muchos creyentes respondan al plan del Creador sobre el matrimonio y la familia, para que eduquen a los niños y jóvenes en la fe, y se mantengan fieles a los principios morales. El tercer elemento afrontado en el mensaje tiene gran importancia y actualidad en Alemania. El afán por promover el diálogo ecuménico (camino irreversible, como explica el mismo Papa) puede llevar a la pérdida de la propia identidad, o a una especie de sincretismo cristiano. Un caso típico es la costumbre, que se ha dado en algunas partes de Alemania, de participar en la comunión de otras confesiones cristianas en las que, a excepción de la Iglesia ortodoxa, ésta no es un auténtico sacramento. Un ecumenismo que deje más o menos a un lado la cuestión de la verdad, sólo puede llevar a éxitos aparentes, escribe el Papa. Como guía para basar el ecumenismo en bases sólidas, el Santo Padre recomienda la lectura y vivencia de la declaración Dominus Iesus, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, publicada el mes de septiembre pasado. El último punto que le preocupa al Papa es el de la colaboración entre sacerdotes y católicos en Alemania. En una Iglesia con casi cuatrocientos mil empleados, en ocasiones los laicos podrían sentir la tentación de suplir en ciertas funciones al sacerdote, ligadas de cerca (y a veces intrínsecamente) al sacramento del Orden. El peligro es el de clericalizar a los seglares y secularizar a los sacerdotes. Un tema que la Santa Sede ya ha afrontado con una Instrucción firmada por ocho Consejos y Congregaciones vaticanos, en 1997, sobre la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes. La misiva ha sido objeto de reflexión de todo el episcopado alemán, con motivo de la Asamblea general de primavera, que acaba de celebrarse del 5 al 8 de marzo en Augsburgo. Su conclusión, contradiciendo el desaliento que podrían suscitar las dificultades, está preñada de esperanza. Como lo hizo Cristo al dirigirse a Pedro en el lago de Genesaret, el Papa invita a cada uno de los pastores alemanes: ¡Rema mar adentro! |