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J.C. Roma
Cubiertos por los pasamontañas, los 23 guerrilleros zapatistas liderados por el subcomandante Marcos han tomado el símbolo de la Ciudad de México, la plaza del Zócalo, al concluir la marcha que les llevó desde la Selva Lacandona hasta la capital mexicana. El acontecimiento ha sido seguido de cerca por el episcopado mexicano, que, desde el alzamiento guerrillero del 1 de enero de 1994 en contra de la creación del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México, ha buscado hacer que prevalezca el diálogo y que se destierre la violencia como instrumento de reivindicación de las exigencias zapatistas. Tanto el Presidente del episcopado como el cardenal de México, ya desde antes que emprendiera su camino la caravana, habían manifestado su disponibilidad para encontrarse con los exponentes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) con o sin pasamontañas. La Iglesia en México ha expresado con gran claridad su posición ante este evento, lleno de folclore mexicano. Los obispos, en diferentes comunicados, separados o conjuntos, han presentado una posición clarísima: la Iglesia pide que la marcha zapatista sirva para alcanzar finalmente la paz en Chiapas, y para que se responda a las dramáticas necesidades de los indígenas, meollo de la cuestión, que en ocasiones corre el riesgo de ser olvidada. De este modo, el cardenal Norberto Rivera Carrera acogió en la Ciudad de México a los zapatistas con un comunicado en el que les da la bienvenida por llegar, de manera pacífica, a reclamar el reconocimiento de sus derechos. |
| En particular, el cardenal confiesa: Esperamos que la marcha de nuestros hermanos indígenas nos ayude a crecer en el aprecio a la dignidad de lo indígena. Casi todos los mexicanos, en mayor o menor porcentaje, llevamos sangre indígena, raíz que influye en nuestra idiosincrasia, en nuestra religiosidad y en nuestra identidad nacional.
Debemos apoyar que se conformen las normas legales y constitucionales para enfrentar la pobreza, marginación y exclusión de los pueblos indígenas que son campo de cultivo para la violencia. Y pide que el Congreso escuche las reivindicaciones de los zapatistas. Ahora bien, el cardernal recuerda que México es (o debería serlo) una sociedad democrática en la que hay grupos y corrientes de pensamiento muy diversos. Por lo tanto añade, la construcción de la democracia exige el respeto a la diversidad y el convivir con quienes son y actúan en forma diferente. Así pues, no se puede imponer a toda una nación los criterios de un grupo, aunque éste sea muy respetable y ofrezca elementos muy dignos de ser tomados en cuenta. Esto significa que, una vez que los diversos grupos hayan sido escuchados por los Legisladores, se ha de aceptar la ley resultante que éstos decidan, conscientemente y libres de presiones, y así no alargar más el conflicto. Por último, el cardenal recuerda que todos los mexicanos, y de manera especial los que nos confesamos cristianos y católicos, estamos obligados a buscar la paz, sobre la base de la justicia social y desde la caridad de Cristo, para que nunca más México vuelva a resentir los efectos de la marginación y la inconformidad de los pueblos indígenas. En la creación y promoción del nuevo ambiente de paz que se comienza a respirar en Chiapas, el obispo de San Cristóbal de las Casas, monseñor Felipe Arizmendi, ha tenido un papel decisivo. Ante las amenazas de muerte que habían llegado de sectores radicales de Chiapas, en vísperas de la marcha zapatista, el prelado se expuso en primera persona y exigió el respeto de la vida del subcomandante Marcos. Impulsó con claridad la iniciativa, pues la consideró como un medio eficaz para emprender el camino del diálogo y abandonar la opción armada. Al mismo tiempo, el obispo lanzó una advertencia dirigida a todos, al Gobierno y a los zapatistas: Si queremos una paz justa, digna y fraterna para Chiapas y para México, hay que renunciar a posturas intransigentes, a ofensas degradantes, a descalificaciones totalitarias. En un sistema plural y democrático, una minoría no puede imponer su propia concepción del Estado, de la justicia, de la economía, de la democracia. Monseñor Arizmendi recordó que el 2 de julio pasado México expresó una opción clara al elegir por primera vez, después de más de setenta años, a un Presidente que no proviene de las filas del Partido Revolucionario Institucional (PRI),Vicente Fox. Un dato que tiene que ser tenido en cuenta, pues es la base misma de la democracia. |