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Nací junto al Mediterráneo en un mundo clásico cristianizado, hecho de sol y mar, tierra de pinos, olivos y cipreses, oliendo a azahar, paleta de pintores. Un goce para los cinco sentidos que en mi infancia y juventud sirvió de escenario para una guerra civil y para la larga contienda ideológica que precedió y siguió a aquella guerra.
En marzo de 1936, en mi Valencia natal, hice una Primera Comunión anónima en un ambiente tenso, que acabó en conflicto armado, donde todos los odios y rencores públicos y privados estallaron. Las vidas individuales se vieron arrastradas a la locura colectiva, activa o pasivamente. El niño sensible que yo era sintió la soledad y el vacío en que quedaba, cuando durante casi tres años Dios estuvo ausente, después de siglos de pública presencia en mi tierra mediterránea. Sé que no es políticamente correcto guardar estos recuerdos, y menos escribirlos, después de tantos relatos de niños republicanos cuyos vacíos y soledades se refieren a los años del franquismo, y el caso es que yo venía de una familia republicana, pero aquellos templos maltratados, aquellas imágenes mutiladas, los cánticos desentonados y rezos desacostumbrados testificaban, con extraña sensación, que se salía, de una pesadilla de la realidad, a otra realidad tan difícil y extraña como la anterior pesadilla. Las huellas de las dos iban a ser difíciles de borrar, como se ve aún en ciertas reacciones de estos días, ante el solemne y público reconocimiento del martirio de 233 cristianos, ligados de una manera u otra a aquel momento de mi vida en mi tierra valenciana. |
| No, no se trata de otro record del Papa Wojtyla, sino de otra muestra de su clarividencia histórica: lo que Juan XXII y Pablo VI juzgaron prematuro a causa de nuestro pasado doloroso, Juan Pablo II lo ha considerado oportuno, afirmando así que, tras 25 años de Monarquía parlamentaria, España es una democracia estable europea, en la que cada uno puede reconocer y honrar a los suyos, sin que los demás tengan que molestarse. Quien haya tenido la honradez de leerse los términos de la proclamación del martirio, sabe que la Iglesia reconoce como suyos en plenitud a quienes mueren por no negar a Cristo y como prueba suprema e inmediata de su identificación con Él, perdonan a quienes van a quitarles la vida, sin desearles otra cosa que ellos también acaben afirmando a Cristo. Además, los mártires más lúcidos dejan claro en ese momento tan especial, antesala de una muerte anunciada, que se sienten víctimas por los errores y pecados que cometemos (cartas de Francesc Castelló, seglar de 22 años, aparecidas en Alfa y Omega, nº 250). Es decir, no juzgan a sus ejecutores; al contrario, son de algún modo conscientes de los motivos del lobo humano que va a devorarles, a veces hambres convertidas en odios. Pues la honra de los mártires es no buscar su martirio precisamente por no ayudar a convertir al prójimo en asesino; por no dar ocasión al Maligno que odia la vida, para extender su cultura de la muerte.
Si la Iglesia beatificase a todos los católicos que murieron como consecuencia de la guerra civil, serían centenas de millares; si lo hiciese a quienes fueron muertos por ser identificados como tales, independientemente de su conducta social, de su opción política y de su actitud ante la muerte, el número de beatificados sí que sería un record digno del Almanaque Guiness. Tranquilícense, pues, los creadores del santoral laico español: la Iglesia distingue entre sus hijos extraordinarios y los ordinarios, aunque a todos los acepte y ame, con todas sus limitaciones, sin distinguir entre los de izquierdas o los de derechas. Tampoco va a llevar a los altares a los que, después de la guerra, por humano miedo, por unirse al poder cuando es favorable, no facilitaron la reconciliación entre españoles; menos aún a quienes santificaron a un Régimen de este mundo, que fue durante muchos años un mal menor, convirtiéndolo en un paradigma de cristiandad Afortunadamente, el Concilio Vaticano II puso las cosas en su sitio y liberó a la Iglesia española de un servicio histórico que interfirió con su deber evangélico: vertebrar, junto con la Monarquía hispánica la diversidad de los pueblos de España, dándoles una fe y empresa comunes; empresa hermosa, pero demasiado humana. Por último, ¿cómo podemos los católicos hoy honrar a nuestros mártires? Pidiéndoles que nos infundan su valor para dar testimonio de Cristo, abiertos a los demás y participando en nuestra sociedad democrática, en la que somos una antigua mayoría a la que, la cultura a la moda tolera con impaciencia y displicencia. Nuestro testimonio no será de sangre, hasta que el terrorismo nos considere un obstáculo a su exclusivismo étnico, pero sí el desgaste de nadar contra corriente. Ojalá nademos así no por nosotros, por mucha razón que creamos tener, sino por rescatar a los marginados por esa misma cultura de muerte que intenta silenciarnos. Comencemos el siglo XXI con nuestra memoria purificada por el Jubileo, siguiendo la invitación de remar mar adentro en búsqueda de ese nuevo mundo del Espíritu, pues los mártires no necesitan de nuestro recuerdo, porque están vivos, presentes y actuantes, resucitados en Cristo para sí y para nosotros. Que ellos nos guíen en la travesía. Ramón Armengod |
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