|
|
Llevabas ya años diciéndonos que era hora de partir, que estabas a la espera de que Dios se acordara de ti. Pero sin inquietarte, sin perder la paz, sino muy al contrario, buscándola día a día desde esa soledad en la que te recreabas, pensando, pidiendo, callando, y apenas mirando. Porque en estos últimos años de tu vida te hemos conocido mejor que nunca, porque hemos descubierto en tu ancianidad que, tras tu carácter y fortaleza de antaño, se escondía una frágil ternura, que expresaba de modo distinto lo que siempre habías sentido y vivido, o mejor dicho, por lo que siempre habías dado sentido a tu vida, por lo que siempre habías vivido. Y al final de este camino, al alba de la vida verdadera, te habrás dado cuenta de que mientras tú aquí hacías tantas cosas, te empeñabas en tantas empresas, resolvías tantos problemas, y te afanabas con tantas preocupaciones, tu Señor y Salvador iba hilvanando otra empresa, otra obra, otra casa, la casa sobre roca de tu corazón, de tu fidelidad, de tu entrega, de tu honestidad, de tu entereza, de tu generosidad, de tu rectitud, de tu austeridad. Y que cuando ibas los domingos a Misa, y rezabas tus oraciones, o cuando teníamos esas misas familiares en las que siempre me interrumpías con tus peticiones, a tiempo o a destiempo, en tu mente y en tus labios no había, como en tu vida, nada para ti, sino sólo para los demás. Te pasaste la vida, abuelo, pensando en los demás. Sólo en los demás. Viviste sólo por nosotros, y rezaste sólo por nosotros.Manuel María Bru |