RetrocesoA&ONº 253/29-III-2001SumarioContraportadaContinuar
Una pregunta que ya tiene respuesta
¿Qué sería de la Cuaresma sin la Pascua?
José Francisco Serrano

Suele ocurrir que algunas veces, en la vida espiritual, nos hacemos preguntas cuando ya tenemos las respuestas. Aunque parezca lo contrario, no es un ejercicio de fariseísmo, ni una técnica psicológica de autoengaño o de autoprotección frente a nuestra realidad. ¿Qué sería de la Cuaresma si no hubiera existido antes la Pascua? ¿Qué sería de nuestra vida, de nuestra búsqueda del amor pleno, de la misericordia, en un mundo inmisericorde, si antes no hubiéramos recibido las suficientes gracias? La vida cuaresmal del cristiano no es más que una pregunta que ya tiene respuesta.

Frecuentemente nos engañamos con cientos de interrogantes falsos. Vivir el camino del amor, agotar la tregua de los cuarenta días como preparación para el Gran Acontecimiento, es un ejercicio de memoria de lo que Dios ha sido capaz, y de las posibilidades de glorificación a las que nosotros aspiramos. Los días de la Cuaresma se van sumando, en nuestra particular cuenta de la salvación, con las leyes de una aritmética adaptada a cada uno de nosostros, la pedagogía divina, que es la más humana. Pertenecemos a una generación de rebeldes. Rebeldes sin causa cierta. Rebeldes del desencanto de la utopía, que ha fracasado entre las redes de una mediocre ilusión que no va más allá de la satisfacción inmediata de los intereses de sus protagonistas. La Cuaresma no es el tiempo de preparación para una utopía más, en nuestra historia. La Cuaresma, nuestra Cuaresma, rompe con la ilusión de un progreso incierto, que sólo beneficia a quienes mueven con sus manos el hilo de la Historia.

En la Cuaresma, en el tiempo de preparación para la Pascua, Dios nos enseña lo que significa tener un hermano, vivir con nuestros hermanos, compartir lo nuestro con los que más lo necesitan. En esta Cuaresma, que inaugura el nuevo siglo, debemos aprender a convivir con la diferencia en la indiferencia de la filiación divina. No da lo mismo que el anuncio de la Cuaresma de nuestro mundo nos llegue en patera, o en los vagones de un tren de mercancías o en las bodegas de un avión que vuela bajo el signo de la ayuda humanitaria. No da lo mismo que la Cuaresma se llene de las oraciones de las mujeres de los trabajadores de Sintel, a los pies del altar de la Virgen de la Almudena, o de las lágrimas de los familiares de las víctimas de los terroristas. De los terroristas que se niegan a vivir la Cuaresma de la paz y de la reconciliación. Sin Pascua, no hay Cuaresma. Sin la respuesta de la Pascua, no brotarían las preguntas de la Cuaresma. Es como el niño que constantemente le pregunta a su padre, porque sabe que él ya tiene todas las respuestas.

Una tentación de los cristianos es que creemos que del cristianismo y de lo cristiano lo sabemos todo, porque lo hemos aprendido. La Cuaresma se agota, se angosta, se anula cuando cerramos las puertas de nuestro corazón a lo necesario, a la experiecnia del encuentro con Cristo. La Cuaresma es el tiempo en que se anuncia lo esencial de la vida de un cristiano. Ahora me explico porqué no hay rebajas en Cuaresma. Los saldos definitivos se hacen en Pascua.

Hay preguntas propias de la Cuaresma. Son las que nos hacemos con el tiempo verbal del futuro imperfecto. ¿Conseguiremos trabajo? ¿Cómo le irá en su nueva vida? ¿Progresaré? ¿Seré feliz?... La Pascua no es el tiempo de las preguntas, es el tiempo de las respuestas, de la fundamental respuesta: Cristo ha resucitado, sólo el amor es digno de fe y de esperanza. Por eso podemos seguir preguntando al Señor el para qué de nuestra Cuaresma, el por qué de la Semana Santa. En el tiempo de la Pascua, la rosa de los vientos marca el norte de nuestras preguntas ya satisfechas, de nuestra vida liberada por Cristo, muerto y resucitado. Cristo, la respuesta a las preguntas de nuestra Cuaresma, en camino hacia la Pascua.