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Simplificar lo complejo para sacar conclusiones parciales es una sutil manera de descalificar a las personas y a la misma realidad. En cierto modo se podría decir que la Iglesia se mete en política, incluso actualmente, cuando ya se han aclarado mucho las relaciones entre la comunidad civil y la eclesial. Pero aun así son independientes y autónomas en sus fines y medios, aunque las dos pretenden servir en sus respectivos ámbitos a las mismas personas. La apelación al pasado merece, bien entendida, la petición de perdón que ha hecho Juan Pablo II, aunque sin olvidar tampoco lo que nos dice Léo Moulin, profesor de Historia y de Sociología en la Universidad de Bruselas: La obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. En cambio, yo (agnóstico, pero también historiador que trata de ser objetivo) os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. De hecho, a menudo no es cierto. Pero si en algún caso lo es, también es cierto que, tras un balance de veinte siglos de cristianismo, las luces prevalecen ampliamente sobre las sombras.
La palabra política para muchos evoca elecciones, partidos, discursos y mítines; presiones, descalificaciones, simplificaciones. Esas cosas suelen producir en los ciudadanos un cierto desencanto y no poca desconfianza. Pero esta actitud, si fuera generalizada, además de injusta sería perniciosa, porque inhibiría a los ciudadanos de su necesaria colaboración en esta actividad al servicio de la sociedad, que a los españoles todavía nos falta. La misión de los políticos no sólo es imprescindible, sino nobilísima y, con frecuencia, tan heroica que debe producir sincera admiración. La Iglesia, en aras de su misión de servicio al hombre, entra en el campo político en sentido profundo y amplio a la vez: por ser educadora de las conciencias y defensora de la dignidad de las personas; y por mirar más allá de los partidos y de sus intereses y luchas legítimas. + José Delicado Baeza |