RetrocesoA&ONº 253/29-III-2001SumarioCriteriosContinuar
La verdadera alternancia
Pero si tú fuiste franquista, luego socialista, más tarde te hiciste de derechas, y resulta que ahora eres de centro; ¡no haces más que cambiar de idea!

De eso nada —respondía el candidato a elecciones municipales—, yo siempre he tenido la misma idea: ser concejal.

Es vieja ya, pero no deja de ser actualísima, la anécdota. Antes, a esto lo llamaban ser un chaquetero; hoy se ha puesto de moda el eufemismo de tránsfuga. Ciertamente es algo reprobable, porque la búsqueda del poder, que como vocación de servicio público es en sí misma perfectamente legítima, y loable, no puede ser a costa de saltar por encima de la dignidad humana. Pero surge necesariamente la pregunta: ¿Dónde está la dignidad en el noble ejercicio de la política? ¿En ser fiel a unos principios?, ¿a unas siglas?, ¿a los compromisos con las siglas; quizás con los votantes; o más bien con los principios...?

En los tiempos de la anécdota citada, todavía podían identificarse bastante —no del todo, ciertamente— las distintas ideologías, a las que el citado candidato a concejal se apuntaba según las conveniencias de cada momento. Hoy las ideologías, en buena medida, pasaron a la Historia. Aquellas que, en el último siglo, sembraron de fanatismo y de muerte la vieja Europa cayeron estrepitosamente junto con el trístemente famoso Muro de Berlín; sin embargo, ha sobrevivido una, que tiene en realidad la misma raíz de la que brotaron nazismo y comunismo, por una parte, y el capitalismo salvaje por otra: la pretensión de construir el mundo al margen de Dios, que sólo tendría que ver con la vida interior y privada de los individuos, pero nada, desde luego, con la vida pública. Los frutos de tal pretensión que la propaganda abrumadora de la cultura dominante nos quiere mostrar como buenos, son puro espejismo. Los dioses que han quedado, tras el rechazo del Único verdadero, ya los indicó certeramente Eliot: el dinero, la lujuria y el poder. Hoy, en cierto sentido, al concejal referido ya no se le podría llamar ni chaquetero ni tránsfuga.

La muerte de las ideologías que cayeron —si es que cayeron— con el Muro de la vergüenza, no debe hacernos creer que estamos en la era de la eficacia. Porque, ¿qué clase de eficacia produce la idolatría desenmascarada por Eliot, sino la destrucción de lo humano? Quien tiene puesta su confianza en el dinero, ya vemos cómo tiembla cuando soplan vientos de recesión, por muy aseguradas que tenga las subidas en la Bolsa.

Se dice que una democracia consolidada es la que tiene asegurada la alternancia en el poder. Sin embargo, cada día parece más difícil encontrar alternancias cuando los principios a los que ser fieles son exactamente los mismos: un mundo sin más horizonte que el consumismo y el egoísmo. Puede haber sensación de pluralismo, pero las muchas cadenas de montaje de coches y las muchas cadenas de televisión, ¿no son, con frecuencia, cadenas que esclavizan?

La única auténtica alternancia no es otra que la de la fe, que permite realmente el ejercicio de la política con toda la grandeza de su dignidad: servir al hombre, desde la verdad que hace libres —fuente de la sana pluralidad—, en el camino a su meta trascendente. Ignorando esta verdad del hombre, ¿qué clase de política puede hacerse?; ¿a qué clase de bienes se está sirviendo? Cada día se pone más de manifiesto que eso de derechas e izquierdas pasó a la Historia. Como se dice en las páginas de nuestro tema de portada, la disyuntiva, hoy más que nunca, es otra: la de humano, o inhumano, y aquí la fe, ciertamente, tiene la palabra decisiva.

Ya es hora de tomarse en serio esta palabra, como lo hicieron los dignísimos políticos que, a diferencia de las ideologías que sembraron Europa de terror y de muerte, construyeron lo mejor de la Europa de hoy, que no podemos cometer la torpeza de dilapidar. Uno de ellos, Robert Schumann, está hoy camino de los altares. A la Iglesia como tal no hay que confundirla con la comunidad política, pero sus hijos están llamados a construir un mundo verdaderamente humano, en todos los ámbitos de la vida. El de la acción política es uno de ellos, y no el menos relevante, por cierto. Ya es hora de que, cada día más, precisamente desde la fe que ilumina la vida, sin temores ni complejos, se ejerza el servicio político. Cuando es así, y algún testimonio de ello no falta, toda la sociedad se beneficia, y la misma política recobra su ennoblecedor prestigio, demasiado frecuentemente echado a perder, o, cuando menos, irresponsablemente aparcado.