RetrocesoA&ONº 253/29-III-2001SumarioDesde la feContinuar
Al hilo de una beatificación
Estoy muy contento de haber hecho esta beatificación, la más numerosa de mi pontificado (el Papa es muy modesto: y de la Historia). El ejemplo de estos mártires ni debe ni puede olvidarse...

Así comenzaba nuestro Papa Juan Pablo II las palabras dirigidas a los españoles que abarrotaban la basílica de San Pedro, donde se acababa de celebrar la Misa de acción de gracias por la beatificación de 233 mártires asesinados durante la guerra civil en España. Siguió extendiéndose hermosamente sobre el sacrificio y testimonio de la fe que a todos nos obliga, pero en estas pocas líneas me fijaré solamente en estas dos palabras: ni debe ni puede.

En efecto, ¿de qué puede servirnos el gran regalo que el Santo Padre nos ha hecho, si después nos olvidamos y volvemos a la rutina de ir viviendo?

No cabe duda de que el martirio es una Gracia, que como tal no merecemos. Así lo reconocieron —muchos textualmente— los que entregaron su vida; lo que no debe impedir a los que sobrevivimos que no renunciemos a una práctica, aunque incruenta vivencia.

San Juan de la Cruz comentaba cómo a muchos que desean el martirio el Señor los sumerge en pruebas y aflicciones no menos equivalentes. Ahí cabe el puede, que deberíamos aprovechar avaramente en tantas circunstancias sociales, políticas… y religiosas. Podemos sufrir, pero con alegría, con tolerancia bien entendida, sin resentimiento, muchos despropósitos y violencias, empezando por la propia infidelidad y aplicándonos aquello que dice Cristo sobre la paja y la viga.

Y debemos renovar cada día en un íntimo sentimiento, en y con la Iglesia, nuestra intención de entrega a Dios y al prójimo. ¿Acaso no desperdiciamos tantas gracias actuales fantaseando con utópicas excusas? No se nos cae de la boca la palabra amor, pero poco la ponemos, no ya en la grande, sino en la mínima acción.

Considero una gran gracia haber estado presente en la, para nosotros, gloriosa jornada, y ser españoles, compatriotas de los mártires. Entre ellos hay también entrañables hispanoamericanos, hijos de una cultura y de una fe que no destruyó su origen, antes bien lo ensalzó. Todos los que estuvimos, y los que no, tendremos que dar cuenta si dilapidamos la sangre no sólo de estos 233, sino de tantos más. No los ignoremos deliberadamente. No acudamos al hipócrita subterfugio del respeto para escurrir el bulto, como se dice vulgarmente. Ahí nos duele.

Matilde Urtiaga