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El Gobierno español puede hacer de su conciencia un sayo y, puesto que tiene mayoría absoluta, legalizar lo que le venga en gana. Lo que no puede, sin mayoría absoluta ni con ella, es hacer que todo lo que determine como legal sea lícito moralmente, porque ni tiene derecho, ni es quién para ello. Así que puede legalizar la distribución en el territorio nacional de todas las píldoras que quiera, pero la llamada píldora del día después es un abortivo, y por consiguiente, causa la muerte de un ser humano. Un Gobierno, no ya católico, sino sencillamente responsable, lo que debería hacer es exactamente lo contrario. La cuestión no es si los demás Gobiernos de Europa hacen o dejan de hacer. La cuestión es si lo que se hace está bien o mal. Y esto está mal, lo haga quien lo haga. Esa Europa, yo por lo menos, se la regalo. Medio esconder la cosa en la prensa, radio y televisión, o pretender excusarse con que no lo va a pagar la Seguridad Social ¡sólo faltaba...!, no es más que un clarísimo indicio de la mala conciencia que tiene. En cualquier caso, los ciudadanos católicos deben saber que lo legal y lo lícito no son sinónimos, y recordar (re-cordare significa volver al corazón) que eso no estaba en el programa electoral del actual Gobierno. Y que si, como dicen, hay demasiados embarazos no deseados, ése es un problema que, desde luego, no se resuelve así. Resulta un sarcasmo ver luego a la ministra de Sanidad tan preocupada por lo del tabaco, o leer en los periódicos comentarios hipócritas sobre la muerte que se da a las pobres vacas. Es muy grave que esta sociedad nuestra haya perdido la capacidad de indignarse ante la indignidad. |
| Hay quienes se dicen periodistas y se pasan la vida piándola porque no se les facilita determinado documento cuando a ellos les gustaría; en cambio, cuando alguien les filtra un documento, no respetan las reglas del juego, y ni se toman la molestia de cerciorarse de si se trata o no del texto definitivo. No sólo eso, sino que, molestísimos, reaccionan como nunca debería reaccionar un periodista: silencian la información, como si los lectores tuvieran la culpa de algo; o arrecian, con todas sus armas y bagajes, en bochornosas campañas sistemáticas mediante las que intentan desacreditar a la Iglesia hace mucho curada y vacunada de espantos mayores que los de ahora, y lo único que hacen es desacreditarse a sí mismos. No sólo se rasgan las vestiduras hipócritamente, sino que se atreven a tirar la primera piedra, como si estuvieran limpios de pecado, cuando la mayoría de ellos, previamente, han sido infieles, y han roto promesas, y traicionado fidelidades. Hay momentos en la vida de la Iglesia en los que la gallardía pública de quienes se dicen católicos, sean políticos, intelectuales o periodistas, es más exigible que en otros; como muy bien acaba de escribir en ABC Juan Manuel de Prada, si dedicasen la misma atención a la epopeya anónima y cotidiana de los misioneros, que a escándalos sórdidos, no quedaría papel en el mundo. Hay quien achaca el comportamiento inmoral de una ínfima minoría de incoherentes miembros de la Iglesia a la ley del celibato. No es verdad; no es consecuencia de eso, como lo demuestra el comportamiento de la inmensa mayoría; más bien puede ser consecuencia de la irresponsabilidad de quienes, proclamándose teólogos, no quieren enterarse de lo que la gracia de Dios puede lograr y logra, a pesar de las miserias humanas.
Gonzalo de Berceo |