RetrocesoA&ONº 253/29-III-2001SumarioDesde la feContinuar
Claudio Magris, Francis Fukuyama y Alain Finkielkraut
Tres personajes en busca de un sentido
La búsqueda apasionada del sentido de la vida es el estribillo de fondo común a estos tres prestigiosos escritores, ensayistas
y pensadores de hoy, que han sido entrevistados por el diario francés Le Figaro.Resumimos lo esencial de sus respuestas:
CLAUDIO MAGRIS

El origen de la utopía está en Platón, pero el punto de ruptura está en el siglo de las Luces. Sólo la modernidad podía imaginar semejante proyecto: hacer del hombre el dueño de la Historia.

La tragedia de la vida reside en su ambivalencia: grandeza y nada, bondad y egoísmo. Me siento lejos de los profesionales del pesimismo.

Somos la primera generación de la Historia que tiene el sentimiento de vivir mejor que las generaciones que nos precedieron y que las generaciones que nos seguirán. No estamos paralizados entre la nostalgia de la edad de oro y el miedo de la decadencia.

Asistimos a una transformación antropológica del ser humano: una manera nueva de ser y de sentir. Tenemos que enfrentarnos a un proceso de abstracción creciente. Está en juego la unidad de la personalidad.

Sería un error no ver en el siglo XX más que un siglo de barbarie; fue también el de un progreso indiscutible. Karl Valentín, el maestro de Brecht, decía: Una vez el futuro era mejor. El sentimiento del futuro hoy es todavía más angustioso. La pesadilla de la guerra ha sido sustituida por el sentimiento de un inmenso desierto y de una inmensa muchedumbre que no se sabe hacia dónde se dirige.

El gran miedo del siglo que comienza será la contradicción entre una globalización uniformadora y el micronacionalismo agresivo, este callejón sin salida que corre el riesgo de destruir la idea de Humanidad.

La utopía es el deseo, la afirmación de que el mundo no sólo debe ser administrado, sino también cambiado, salvado: sin esta levadura, no hay ni dignidad ni vida posible. Pero la utopía que se considera realizada, o que piensa poseer la receta definitiva es falsa, muy peligrosa, necesariamente totalitaria. El desencanto es una corrección, la consciencia de la relatividad del objetivo que queremos alcanzar. Don Quijote está equivocado, y al mismo tiempo tiene razón. Aldonza la zafia no es Dulcinea. Sin embargo, sin Sancho, Don Quijote sería preso de una irrealidad peligrosa: el continuo desencanto de Sancho corrige la utopía de Don Quijote. Por otra parte, Sancho sin su amor sería más pobre. Cuando el caballero de la triste figura recupera la razón, el criado ya no sabe qué hacer.

Me resultan profundamente antipáticos esos revolucionarios que quieren cambiar el mundo en un abrir y cerrar de ojos y que, decepcionados, se vuelven cínicos y rechazan desdeñosamente lo que habían creido ardientemente. El desencanto es un enriquecimiento continuo de la vida, una especie de esperanza corregida por la ironía y la melancolía.

El desencanto protege la esperanza de sus aspectos más débiles y más ingenuos.

El siglo pasado intentó hacer depender la economía de la política, la izquierda como la derecha. Hay que impedir que la quiebra de estas uto-pías totalitarias borre el sentimiento de que el mundo no puede cambiarse. No hablo de cómo son las cosas, sino de cómo debieran ser.

Lo más difícil consiste en ver la realidad cuando ésta es contraria a lo que esperamos de ella. Sólo el sentimiento de la dificultad de vivir la verdadera vida da un sentimiento de autenticidad a la tentativa humana.

FRANCIS FUKUYAMA


Diez años después de haber anunciado el Fin de la Historia, Francis Fukuyama persiste en sus trece; mantiene que el liberalismo y la apertura a la competitividad internacional constituyen la única opción realista que se ofrece a las democracias modernas. El aumento de Alemania como potencia está teniendo como resultado un ajuste a la baja del papel de Francia. Alemania, con el Este del país ganado para la democracia, está siendo el principal vector de los valores democráticos, y el mayor impulsor de la ampliación europea. Las instituciones de Bruselas quizá no han acusado todavía esta inversión en la relación de fuerzas. La derecha francesa jamás ha reconocido totalmente la legitimidad de la economía de mercado. ¿Resultado? Medidas a medias. Y, en resumidas cuentas, la clase política acaba siempre por encontrase bajo la égida de la sacrosanta función del Estado. Francia no ha encontrado al actor o al partido que la someta a la catarsis que necesita. Su relación con Alemania es clave. Hasta la generación de Helmut Khöl, los alemanes tenían un sentimiento de culpabilidad, y no buscaban afirmar su pujanza en Europa.

Francia sigue siendo un ejemplo de administración racionalista, pero hoy el debate económico es otro: la modernidad pasa por un mínimo de Estado. La tecnología, la informática, la concurrencia internacional, cuentan más. Y en esto Francia corre el riesgo de encontrarse del lado de los perdedores. Ser americano hoy no tiene nada que ver ni con la raza ni con la religión ni con la cultura, ni siquiera con la lengua, fundamentalmente basta con jurar la Constitución; por el contrario, ser ciudadano francés es tener una identidad ligada a un Estado centralista, a una enseñanza uniforme, a una cultura y a una historia compartida, a un peculiar espíritu republicano.

Yo voy seguramente contra corriente, pero no creo que el multiculturalismo funcione. Varias culturas sobre un mismo territorio (Balcanes) es algo bastante inquietante. Estados Unidos ha asimilado a generaciones de inmigrantes sin ceder a esa tentación. Americanos, europeos o franceses, todos somos hijos del Siglo de las Luces. En cuanto a América, dígase lo que se diga, sigue siendo el futuro de Europa. Los acentos son diferentes, pero no hay más que un único sistema de valores.

ALAIN FINKIELKRAUT


En este momento en que se elevan protestas contra las diferentes leyes de control de emigración, ha surgido un eslogan: Extranjeros, no nos dejéis solos con los franceses. Ante todo no queremos ser exclusivamente franceses, viene a decir este eslogan guasón, como si Francia se traicionase a sí misma al limitarse a sí misma y, al contrario, cumpliese su vocación liberándose de sí misma para encarnar la pureza de lo universal. Es una forma de romper el dispositivo tan frágil que permite, por encima de las modalidades propias de cada nación, que en el interior de un territorio delimitado y en el marco de una historia particular el sentimiento de una responsabilidad con respecto al mundo o de una obligación con respecto a la Humanidad puedan inscribirse y cobrar sentido.

Evidentemente, la nación siempe está expuesta a la tentación del nacionalismo, es decir, a la negación de los valores universales. Pero ahora asistimos al fenómeno inverso: el rechazo de lo nacional.

Personalmente, no me opongo a las identidades, ni a los ordenadores, ni siquiera a la combinación de ambos, pero añoro la articulación entre lo particular y lo universal que constituye lo nacional. Concibo que la idea de nación deba ser superada, pero a condición de mantener el dispositivo que la nación había puesto en funcionamiento. De momento, no es el caso.

En Francia, hoy en día, el universalismo francés se encuentra enfrentado con la identidad francesa, y la persigue con una obstinación extraña y espantosa.

El modelo de la integración ha sido sustituído por un nuevo paradigma: la zona picnic del área de una autopista. Francia se está convirtiendo en una zona picnic: cada cual trae su comida. Ya no se trata de dar algo a alguien, se trata de permitirle que se realice y que sea lo que es; ya no se le enseña una lengua, se oye lo que dice en la suya.

Todos somos inmigrantes, todos acabamos de llegar; la cuestión es saber cómo acoger a los recién llegados, a los que llaman a la puerta, cómo hacerles entrar en nuestro mundo.

Lo que se percibe como autoridad de ahora en adelante es la autorización. Está emergiendo una concepción totalmente distinta de los derechos humanos al enfrentarse la igualdad con la grandeza. A la democracia victoriosa no le queda más que un enemigo: su propio exceso de velocidad.

América atrae a los inmigrantes y, a su manera, los integra. Estoy lejos de ser un incondicional de los Estados Unidos, pero veo que hay integración porque hay seducción e incluso amor. Amor a los inmigrantes, pero también amor de los americanos a América —basta con oírles decir God bless America!—. En Francia, por el contrario, hay una crisis de integración, y la francofobia agrava la crisis. Los que creen que cuanto menos dan más acogedores son, o que repudiar el pasado es una garantía de apertura, se equivocan gravemente.

Se está produciendo en Europa un extraño cruce de cables: Alemania, totalmente implicada en la tarea de expiar no sólo su pasado nazi, sino también la tradición intelectual que supuestamente la condujo al nazismo, se ha puesto —asumiendo el patriotismo constitucional de Jürgen Habermas— a la cabeza del combate contra la definición romántica de la nación, entendida como comunidad de destino. Y he aquí que ahora se conmina a las demás naciones a que hagan lo mismo; deben vaciar sus armarios, desentrañar sus monstruos, con el fin de liberarse o despojarse de su peligrosa particularidad.

Francia es una alumna muy aventajada. ¿Qué consideramos hoy como memoria? La visita guiada de un interminable museo de los horrores. ¿Cómo vemos el pasado? Como algo que repele, en ningún caso como un recurso.

Ver el pasado como un recurso implica la idea de honrarlo, de ponerse a su altura; es el nobleza obliga de las naciones democráticas. Pero ahora juzgamos el pasado en función de nuestros propios valores. Algunos piensan que no tenemos nada que aprender de los que nos precedieron.

Hoy vivimos bajo la dictadura de lo social. Cuando la nación muere, muere en beneficio de la sociedad; pero es que en la nación el pasado cuenta. La nación da la palabra a los muertos, mientras que a la sociedad sólo le interesan los vivos. Nada es más inquietante que la hegemonía ostentada por lo social en todos los ámbitos.

Quizá sea ya demasiado tarde para la nación. Quizá lo social haya ganado ya la partida. Es eso, dicho sea de paso, lo que convierte en estéril la oposición entre Europa y la nación, porque tanto Europa como la nación están heridas de muerte por el triunfo de lo social.

El lugar donde tal primacía se despliega con mayor violencia es la escuela. Los profesores no son bebés. No mendigan sonrisas a la autoridad que los tutela; lo que quieren es permanecer libres. Sin embargo, hoy se hace todo lo posible por alienarlos, por someterlos a la sociedad. Cuando dicen que son los representantes de la cultura, se les contesta que están al servicio de los usuarios de la cultura.

Para dar —escribe Simone Weil— hay que poseer, y la única vida que poseemos son los tesoros heredados del pasado digeridos, asimilados y re-creados por nosotros. De todas las necesidades del alma humana, ninguna es tan vital como el pasado. Esa necesidad no consiste en querer vivir en otra época, sino en conservar un vínculo, en escapar a la tiranía del presente y al barullo de la actualidad. La nación nos recuerda que la sociedad no lo es todo.

Traducción de Carmen Llorente, Teresa Martín
y Alfa yOmega