RetrocesoA&ONº 253/29-III-2001SumarioDesde la feContinuar
Con ojos ...de mujer
Los préstamos de Dios
Con frecuencia nuestra cortedad de miras nos obliga a creer que, salvo luchar por adquirir lo que ambicionamos aquí en la tierra, nada tiene importancia.

Cegados por la codicia temporal, todo se nos vuelve poseer bienes terrenales, alcanzar metas gloriosas, despertar admiraciones sociales y proyectar escaladas triunfales.

En suma: señuelos que, según pasa la vida, van quedando en la cuneta de lo que se olvida, sin que nos detengamos a reflexionar que, buscando bienes y libertades temporales, lo único que conseguimos es convertirnos en esclavos del tiempo; ese coto limitado que genera codicias tontas y que, disfrazado de futuro, nos obceca hasta el punto de obligarnos a ignorar que lo que nos deslumbra con estallidos de luz, es únicamente un cúmulo de pequeños fuegos fatuos destinados a desaparecer en cuanto asoman.

Pocos son los que meditan sobre la poquedad de nuestra existencia. Apenas se tiene en cuenta que el hecho de vivir es sólo una especie de embarazo cuyo parto (llamado muerte) está a la vuelta de la esquina.

Y, como consecuencia, también olvidamos, o, mejor dicho, nos negamos a recordar que los bienes terrenales, por mucho que nos aferremos a ellos, son únicamente préstamos que Dios nos hace para que, según los administremos, podamos alcanzar el regalo definitivo que nos permita entrar en la Gloria de la Eternidad cuando la muerte nos dé a luz.

Mercedes Salisachs