RetrocesoA&ONº 253/29-III-2001SumarioDesde la feContinuar
Televisión
La parada de los monstruos
Con este título alusivo a la inquietante película Freaks, el crítico Carlos Boyero se refería, en El Mundo, al programa televisivo de José Manuel Parada Cine de Barrio. Con tal titular expresaba su falta de simpatía por ese evento y por las películas que en él se exhiben. La verdad es que esa opinión es compartida por muchos que se estremecen ante los nombres de Sara Montiel (antes Sarita), Concha Velasco (antes Conchita), Lola Flores, Lina Morgan, Juanita Reina, Joselito, Carmen Sevilla, Tony Leblanc y, por supuesto, Manolo Escobar. Todos estos nombres son, para muchos, sinónimo de películas casposas, cursis u horteras, amén de todo un compendio de los tópicos machistas y atávicos del Celtiberia show. En el fondo, detestan esa ingente filmografía porque la consideran bandera del franquismo más conservador, carente de valores artísticos y con propuestas y mensajes cavernarios. Desde luego no se trata de reivindicar un cine que nunca figurará en las historias universales del séptimo arte, pero tampoco podemos ser ingenuos.
En primer lugar, aquel cine tan heterogéneo y rico en títulos estaba normalmente imbuido de una concepción católica de la existencia y era portador de unos valores que han sido desplazados en el cine actual por sus contrarios (contravalores). La fidelidad, la vocación, la generosidad, el sacrificio, el honor, la familia, la devoción religiosa..., eran temas que se repetían, con algunas variaciones, en casi todos los títulos. En segundo lugar, en aquellos años, y en cierto sentido, aún se podía hablar de la existencia en España de un pueblo, un pueblo que compartía mayoritariamente esa cosmovisión, en muchos puntos común, con una forma cristiana de ver la vida. ¡Cuántas amas de casa, en aquel tristemente periclitado esquema de familia, se han visto reconocidas y agradecidas por películas como El pecado de amor, La violetera, El día de los enamorados...!

Es cierto que estas cintas, y otras como Las que tienen que servir, El último cuplé, etc., perpetuaban también ciertos moldes sociales no deseables, pero ¿no son menos deseables los modelos que se proponen hoy, atravesados de disgregación y violencia? Yo no tengo mayor problema en que mis hijos pequeños vean a Juanita Reina cantando en Lola la Piconera, o a Joselito y sus coplas, y sí tengo muchos en que vean el noventa por ciento del cine español actual. Y ése es el tercer factor: en España ya no existe el concepto de cine familiar. Hay cine de adultos, cine de gamberros y cine de adolescentes en crisis, y con películas buenas a veces, pero no hay cine familiar. Garci y algún otro son, en cierto sentido, oasis en esa situación. En conclusión, no nos dejemos seducir fácilmente por los juicios salomónicos de la nueva clase intelectual, sobre todo cuando ella ha constituido un factor nada desdeñable de la disolución de pueblo católico en nuestra sociedad.

Juan Orellana