RetrocesoA&ONº 253/29-III-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
Quinto Domingo de Cuaresma
Una lección magistral de hoy
En el episodio de la mujer adúltera que nos presenta el evangelio de San Juan resuena un estilo y un interés similar al de san Lucas ante el tema del perdón divino hacia los débiles y pecadores. Es evidente que el evangelista conoce la historia de Susana que nos relata el Antiguo Testamento (Dn 13). Cristo aparece enseñando en el templo, después de una noche de oración, como un nuevo Daniel rodeado del pueblo, de los letrados y fariseos, y da una lección ejemplar al auditorio: nadie está libre de pecado.

Con frecuencia somos acusadores de las faltas visibles o sociales, y no miramos el corazón de la persona, que es desde dónde verdaderamente nace todo el mal que se manifiesta en nuestros actos. De este modo, siguiendo nuestros raquíticos criterios, clasificamos a los demás como pecadores de primera, segunda o tercera categoría. En cambio Jesús, como verdadero Juez compasivo y misericordioso, nos dice que en el corazón de toda persona, independientemente del estado de justicia legal o de pecado en que se encuentre, existe una zona en la que se puede desarrollar un diálogo amoroso que permita liberarla de su error.

Pero, además de esto, el evangelio dominical nos presenta un punto adicional de actualidad. Desgraciadamente, hoy como ayer, la mujer sigue siendo postergada social y culturalmente en muchos ámbitos de la vida. Y Cristo aparece aquí como el único que salva en su totalidad a la persona, sin hacer ninguna acepción. En este pasaje se nos muestra sereno, recogido, pensativo, como si leyera el interior pecaminoso de los acusadores de la adúltera y les estuviese diciendo: Esta mujer con todo su pecado, ¿no es quizás también, y sobre todo, la confirmación de vuestras transgresiones, de vuestra injusticia, de vuestros abusos? (Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, 14). De ahí que la respuesta de Jesús: El que esté sin pecado, que le tiré la primera piedra, no deba ser calificada de golpe de efecto, sino que es una verdadera denuncia contra los que atacan a una mujer dejada a la suerte de la ley, porque detrás de ese pecado suyo se oculta un hombre corresponsable del mismo. Una vez desaparecidos jueces y acusadores, queda Jesús solo con la mujer. Él, que sí está libre de pecado, no tira ninguna piedra contra ella, sino que la absuelve y la invita a corregir su conducta. Todo un ejemplo práctico de la vida y misión de Cristo, que no ha venido a juzgar, sino a salvar al mundo.

+Juan del Río Martín
Obispo de Asidonia-Jerez