RetrocesoA&ONº 253/29-III-2001SumarioEn portadaContinuar
Cuando las palabras nada significan
El arco del análisis sobre las relaciones entre las opciones políticas y la fe se completa con esta colaboración
del también profesor de Filosofía, de la Universidad Complutense de Madrid, don Carlos Díaz
Al menos catorce rasgos definían antes a la izquierda, en los cuales hoy ya no se la reconoce en absoluto, a pesar de que se continúe utilizando impune y proficuamente ese vocablo.

- ¿República? En el pasado jamás hubo tradición izquierdista bajo el manto de armiño y la corona de pedrería monárquica. Antiguamente, cuando los viejos tiempos, las tribus de izquierdas podían encontrarse muy enfrentadas entre sí, pero su República que no se la tocasen. La unión de las izquierdas, como decía Alain, no era de circunstancias, sino de naturaleza. La República tiene tras de sí, entre las gentes de izquierda, todo un pasado de honor y de dignidad, de heroísmo incluso, de mística. Pero ahora las cosas han cambiado, y lo importante para unos y para otros no es la forma de gobierno, sino estar arriba en el Gobierno.

- ¿Contra pobreza? En el pasado los temas de la izquierda fueron lucha contra la desigualdad, combate contra la pobreza, privatizaciones, contra la liberalización comercial y contra la atracción a toda costa de la inversión extranjera, contra la deuda externa. Pero ahora las cosas han cambiado, y para la internacionalización de la economía, así como para la universalización de la economía de mercado no parece haber dinero malo.

- ¿Derechos humanos? En el pasado, la izquierda iba contra la represión, contra la tortura, contra las violaciones de los derechos humanos. Pero ahora todo eso ha quedado reducido a una letanía inercial y desvaída, con el agravante de que la izquierda es la que defiende el horrible y nefando crimen del aborto, con lo que atenta contra el primero de los derechos humanos que consiste en el derecho a nacer.

- ¿Intelligentsia? En el pasado, la izquierda ha significado la ruptura, la derecha, la continuidad. Ser de izquierdas implicaba quedarse solo ante el peligro, no moverse en un campo de significaciones instituidas y colectivamente aceptadas, no reconocerse en los cánones de forma y contenido al uso, como sí lo hacía la intelligentsia burguesa, ni ver en el público la razón de ser de su adhesión. Pero ahora las cosas han cambiado, y lo que importa es la caza y captura del voto, no dudando los unos y los otros en sacrificar aspectos de su programa electoral si, según los sondeos previos (cada vez más numerosos), ello conlleva la pérdida de un puñado de votos.

- ¿Moral abierta? En el pasado, la izquierda vivía bajo el signo de una moral abierta, frente a la moral cerrada de una derecha que solía canonizar a posteriori en sus propias filas lo que a priori había lapidado en las ajenas (cosas que, por cierto, costó muchas veces el ostracismo e incluso hasta la vida); ser de izquierdas era, pues, cuestión de alborear más con el gallo de la aurora, trabajar corriente arriba. Pero ahora las cosas han cambiado y derechas e izquierdas buscan rabiosamente el aplauso con ayuda de enormes campañas de marketing.

- ¿Nomenklaturas? En el pasado, la izquierda era la que asumía la causa de los pobres, ella misma venía de la pobreza e iba a la pobreza. Pero hoy los tiempo han cambiado, es la era de los socialistas millonarios, de las grandes fortunas y de las grandes burocracias y nomenklaturas en ambos bandos. Desde esta perspectiva, nada más ridículo que ver gritar a la izquierda en unos sitios y poner los huevos en otros, como el cuco: mucho cucú, mucho peregrino de la romería del chollo, de la subvención, de la astucia de la dominación, de la foto, se autodenomina impunemente de izquierdas.

- ¿Dinero? En el pasado, la izquierda abanderaba la cultura, y la derecha, el dinero. Pero hoy los tiempos han cambiado, y unas y otras viven a la búsqueda de los tres significantes victoriosos que empiezan por la puñetera letra p: poder, prestigio y peseta.

- ¿Ruptura? En el pasado, la derecha se autoproclamaba exigencia de presencia, y la izquierda, exigencia de pureza; se pensaba que los temperamentos de derecha eran más sensibles, en todo caso, a lo espiritual de estructura y orden (continuidad, fidelidad, organización, jerarquía, autoridad, valores probados, situaciones adquiridas, estructuras naturales, familia, nación, campesinado), mientras que los temperamentos de izquierda serían más sensibles a lo espiritual de progreso y de justicia (defendiendo la parte de aventura humana, científica y social que lleva hacia las rupturas, hacia la liberalización de los más débiles del organismo social, etc.) Pero hoy los tiempos han cambiado, y el lema orden y progreso ha vuelto a todos en el mester de progresía centristas hiperrazonables y ultrasensatos.

- ¿Internacionalismo? En el pasado, la izquierda postulaba ardientemente un internacionalismo proletario, mientras que la derecha se aferraba a localismos y a nacionalismos tan anacrónicos como egocéntricos. Pero hoy las cosas han cambiado hasta el punto de hacer irreconocible el mapa, donde lo único internacional es el dinero.

- ¿Irrealismo? En el pasado, podía decirse que, si la persona es definible como espíritu encarnado, la izquierda estuvo más del lado del espíritu, y la derecha, del lado de la carne, o que las izquierdas pecaban por idealismo (irrealismo), mientras las derechas por materialismo. Pero hoy las cosas han cambiado, y la izquierda reivindica causas más epicúreas que estoicas: más hedonismo, facilidad para la alternancia de pareja (pareja: como la guardia civil, ¡valiente sesgo revolucionario!), matrimonios solemnemente bendecidos por el alcalde de Marbella o por cualquier edil, sexo a calzón caído, noches de golfería y tarjeta visa: ¡si esto es la izquierda…!

- ¿Mammona? En el pasado, por lo demás, la izquierda abanderaba el laicismo antiteo, y la derecha se declaraba
teísta, aunque cada vez que mencionaba el nombre de Dios solía mencionarlo en vano haciéndolo irreconocible. Pero hoy las cosas han cambiado, y a todos unifica Mammona, el dinero de iniquidad: la práctica del cohecho (uso de una recompensa para cambiar en propio favor el juicio de un funcionario público), el nepotismo, el peculado por distracción (choriceo, asignación de fondos públicos para uso privado), etc., etc., para qué seguir.

- ¿Los pobres? En el pasado, era verdad aquello tan de Emmanuel Mounier de que basculaban hacia la derechona los ricos, aquellos cuya vida está llena de cosas organizadas, aquellos que tienen más cosas que perder en su movimiento, se inclinarán hacia los valores de estructura (es decir, los terratenientes, los herederos, los burgueses, los funcionarios puntuales, los artistas, los grandes empleados, los teólogos, los silenciosos); mientras que a la izquierda, los pobres, aquellos cuya vida está sobre todo llena de esperanza, de sueños o de ideas, aquellos que tienen algo que ganar en lo que la vida inventa (todos los pequeños que aspiran a ser menos pequeños, los obreros, los intelectuales, los poetas, los urbanos, los becarios, los funcionarios nostálgicos, los viajeros, los apóstoles, y, al sur del Loire, todos los atormentados de la palabra). Pero hoy se han mezclado las churras con las merinas mucho más que nunca en la Historia: ¿habrá alguien más domesticado que un becario, por poner un solo ejemplo?

- ¿Llorar, reír? Y si lo anterior es cierto, obviamente tampoco existe ya la distinción —tan cara a Mounier— en el interior mismo de la izquierda entre izquierda que ríe e izquierda que llora: Desmoralicemos a los contrarios, entonces las barreras y los deseos se equilibrarán por sí mismos. Suprimamos las tasas y el dinero, y una vez liberada la máquina de los policías humanos correrán las mercancías allí donde haga falta como los glóbulos de una sangre generosa. Mientras esto ocurre en la izquierda optimista, la izquierda que llora (o más exactamente la que no ríe todos los días) presta atención a Malthus, a la escasez de alimentos, a las crisis. Su régimen estará menos coloreado de humanismo que el de las corrientes utópicas. Viven, pues, de la moderación. Con Bentham criticará el sentimentalismo de los que creen en la armonía espontánea de los corazones: busca la alabanza y no la simpatía. Su política no es una política de idilio, sino de aplicación y de trabajo. Esta izquierda es social no por amor, sino por previsión.

- ¿Praxis? En fin, encima de cachondeo: en el pasado parecía norma de obligado cumplimiento participar, asumir la acción, mojarse en la praxis, pues si hasta ahora los filósofos se habían limitado a contemplar el mundo, ahora se trataba de transformarlo para ser mínimamente de izquierdas. Pero hoy las cosas han cambiado, y hasta en los planteamientos medio raquitiprogres que quedan se abomina de la democracia de participación a favor de una mierdecita de democracia de representación, y se añade que, si hasta ahora los filósofos se han dedicado a transformar el mundo, es hora ya de respetarlo. De respetarlo tal y como está, claro.

¿UNA IZQUIERDA PROCEDIMENTAL?


Así pues, ya no valen aquellas taxonomías clásicas que servían como criterio demarcador entre la derecha y la izquierda, a pesar de lo cual siguen manejándose como armas arrojadizas para la mutua descalificación y para la caza manipuladora del voto. ¿Hasta cuándo, pues, habrá que esperar para que las palabras y las cosas mencionadas por las palabras coincidan?

A la vista de la indefinición señalada, algunos, como Adela Cortina, han comenzado a hablar de socialismo procedimental: Una propuesta socialista viva, de igual modo que una liberal, no puede consistir ya en una cosmovisión, en un intento de ofrecer una concepción de la naturaleza, del hombre y de la Historia… Sin embargo, tampoco puede quedar el socialismo en un mero diseño axiológico, en un marco de valores, como la libertad, la igualdad y la solidaridad, que después se operativicen de modos diversos. Por una parte, porque tales valores sólo cuando se encarnan en procedimientos cobran tales valores pleno sentido. Por eso considero que hoy el socialismo debe reducir sus antiguas pretensiones de convertirse en una cosmovisión y en una antropología, para pasar a diseñar aquellos procedimientos que pueden encarnar al modo socialista valores de autonomía, igualdad y solidaridad. Tales procedimientos pueden ser perfectamente compartidos por distintos individuos y grupos que, sin embargo, tengan distintas cosmovisiones, distintas teorías morales sobre lo bueno. El socialismo entonces propondría unos mínimos procedimentales compartibles.

¿Estamos ante lo que en su día Gonzalo Fernández de la Mora, desde la España desarrollista y tecnocrática, llamara fin de las ideologías? Muchos opinan que —tras la caída del muro de Berlín—, si no lo estamos, lo parecemos, pues de lo contrario nadie se atrevería a hablar de un híbrido tal como el así denominado socialismo democrático liberal: Considero —dice también Adela Cortina— que un liberalismo universalista consecuente —y el liberalismo no puede ser sino universalista— se ve obligado a optar por una democracia en que los hombres sean dueños de su destino y puedan protegerse de injerencias externas, así como también por una sociedad libre de dominación y explotación. Llamar a este híbrido "socialismo democrático liberal" me parece, entonces, acertado.

A otros, claro, nos parece menos acertada la amalgama que mete en un mismo saco la democracia, el liberalismo y el socialismo, pero al menos hemos de reconocer que dicha insaculación es muy definitoria de los tiempos que corren, y una prueba más de la desvirtuación de los significados de la izquierda y la derecha a que hemos aludido.

LLAMADA DE ATENCIÓN

Ojo, sin embargo, con el todas las ofertas sociopolíticas son iguales. A pesar de todo lo dicho, y de más que pudiera sin duda decirse al respecto, bajo ningún pretexto deseamos que esta crítica pueda utilizarse como un alegato a favor del apoliticismo, o como un canto al indiferentismo, que con su hiposo todos sois iguales satisface la torpeza de análisis y la pereza subsiguiente, torpeza y pereza tan parecidas al tópico todos los hombres sois iguales, o al manido todas las mujeres sois iguales.

Líbrenos, pues, el cielo del ni derecha ni izquierda, y en lugar de ello pongámonos a trabajar para encontrar nuevas palabras que se correspondan con las cosas mentadas y nuevas prácticas que sirvan para abrir futuro. En este sentido, de nuevo proclamamos con Emmanuel Mounier: Ni derecha, ni izquierda, ni fascismo ni comunismo, ni capitalismo ni colectivismo, ni nacionalismo ni cosmopolitismo, la lista de las parejas desacreditadas se alarga sin fin. Las conciencias medias y las imaginaciones débiles creen así asegurarse la posesión de la cresta del buen sentido con sus comportamientos miopes y sus sabidurías confortables, método que alimenta también la soberbia iconoclástica de esos devotos de la negación, de la abstención, de la oposición y de la excomunión, que no son felices más que cuando están persuadidos de estar solos y que encuentran en esta lucha contra dos horizontes conjurados un medio indefinido para despachar su mal humor. La fórmula, en fin, tienta a hombres más escrupulosos, que se guían por el amor a su independencia espiritual y a la buena información, teniendo un cierto presentimiento de que los excesos lógicos, las verdaderas locuras del corazón y las verdaderas audacias del pensamiento nunca tienen razón.

Pero helos aquí bien pronto deformados por esta mecánica. Apenas se presenta a su espíritu un problema, se aferran a la máquina de tres palancas, sustituyendo las dificultades precisas por un esquematismo abstracto, la resolución progresiva y el esfuerzo directo por una solución-minuto que parece salir de uno de esos aparatos para desvelar el futuro que en las ferias distribuyen a las masas el sentido del misterio. Una cierta manera de denunciar por doquier los pseudodilemas desemboca así, so pretexto de policía intelectual, en no ver, en las actitudes complejas que se presentan alrededor de un problema real, más que simetrías desagradables cuya realidad se buscaría en vano fuera de las exposiciones académicas.

Este procedimiento llega incluso a sospechar por principio del acto mismo de la elección, pues también éste se presenta como una alternativa y exige compromisos radicales y exclusivos. Espíritus poco formados y de buena voluntad, a fuerza de desconfiar de las alternativas humanas, acaban por ello pensando que la abstención es la única virtud pura, instalándose así en los valores medios, y no por mediocridad original de inspiración, o bien se les ve danzar de derecha a izquierda, y no por duplicidad de doctrina ni por falta de coraje.

Que así no sea.

Carlos Díaz
Ilustraciones de "Le Nouvel Observateur", "Le Figaro" y la revista italiana "Panorama"