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El cántico del Magnificat es un himno que une los espíritus de los discípulos de Cristo más allá de las divisiones históricas. En este clima ecuménico es bello recordar que Martín Lutero, en 1521, dedicó a este santo cántico de la bienaventurada Madre de Dios un célebre comentario, en el que afirma que debería ser aprendido y memorizado por todos, pues en el Magnificat María nos enseña cómo tenemos que amar y alabar a Dios... Desde que Dios la miró con amor, María se ha convertido en signo de esperanza para la muchedumbre de los pobres, de los últimos de la tierra, que se convierten en los primeros en el Reino de Dios. Recuerdo los intensos momentos de la celebración que el año pasado, justo este día, presidí en Nazaret, en la basílica de la Anunciación. Con profunda emoción me arrodillé en la humilde gruta donde María escuchó las palabras del Ángel y pronunció su fiat, haciéndose plenamente disponible a la voluntad de Dios. Contemplad este misterio, y servid fielmente al Evangelio de la vida que Él nos confía. Frente a la cultura de la muerte y a los ataques que, desgraciadamente, se multiplican contra la vida del hombre, que nunca desfallezca el compromiso de defenderla en todas sus fases, desde el primer instante de la concepción al ocaso. ¡Que la Humanidad conozca una primavera de la vida renovada en el respeto y en la acogida de cada ser humano, en cuyo rostro resplandece la imagen de Cristo! Recemos juntos a María que es la palabra viva de consuelo para la Iglesia en su lucha contra la muerte. (25-III-2001) |