RetrocesoA&ONº 253/29-III-2001SumarioTestimonioContinuar
Desde la cátedra de la Cruz
El 13 de febrero, mi amigo, más que amigo mi hermano en la fe, Eduardo Fermín, dio el paso que desde hace tiempo presentía: se fue al Padre, que durante más de treinta años había predicado como un Dios de amor, que da la felicidad al hombre que acepta su voluntad.

He sido testigo de la fuerza, por convicción, que Eduardo dio al conocimiento del Dios que ama al ser humano con la intensidad que significa dar a su Hijo para que, muriendo por los hombres, todos tengamos acceso a la vida eterna. Estoy seguro también de que los que oyeron a Eduardo, como en la parábola del sembrador, unos aceptaron sus palabras como lo que eran, la buena noticia capaz de transformar corazones, dando paso al hombre al plan de amor que Dios siempre ha tenido para que él encuentre la paz y la felicidad. Otros aceptaron esas palabras, pero no la gracia necesaria para poder realizar el cambio que da paso a la dimensión del amor de Dios. Muchos no han hecho ningún caso a lo oído, y me atrevo a decir que otros se habrán reído, juzgado y sentenciado la fuerza con que Eduardo predicaba siempre el amor de Dios.

Ese amor a Dios, Eduardo lo compartía, por la gran capacidad de su corazón, con su familia y, como al mismo Jesucristo, con el Papa; he visto sus lágrimas en la plaza de San Pedro ante la presencia del Papa. Murió leyendo Orar, su pensamiento espiritual, de Juan Pablo II. Era tanta la unión de sentimientos con el Papa, que hizo suyas, nueve días antes, las palabras de Su Santidad: No dudéis de que, como para Cristo y para Pedro, también será así para ustedes: su testimonio eficaz estará siempre marcado por la Cruz. La Cruz es la cátedra de Dios en el mundo. Y, fiel a esas palabras, que Eduardo presentía nueve días antes de ser pronunciadas, desde el 8 de enero hasta el día de su encuentro con el Padre, fue testimonio eficaz de que en la Cruz, esquina de encuentro con Jesucristo, está la cátedra de Dios en el mundo.

Durante ese período que va desde el 8 de enero al 13 de febrero, ingresado por su linfoma en la Unidad de Hematología, de la Paz, hizo lo que él sabía hacer: seguir hablando, predicando —como dirá el Apóstol, a tiempo y a destiempo— el amor de Dios manifestado en su Hijo Jesús. ¡Y ahora sí!, desde esa cruz que era su enfermedad, desde esa cruz que para él era el sufrimiento de sentirse pronto alejado de su familia, de su mujer Dolores, de sus hijos, de sus nietos, desde ese sufrimiento de saber que no podría ver a sus nuevos nietos ya engendrados, el chiquillero por amor al débil sentó cátedra y todos le creyeron. No sé cuantas personas componen el servicio de hematología del Hospital de la Paz, pero siento que son muchas veintiuna firmas para que, al día siguiente de la muerte, de mi también compadre Eduardo, escribieran esta carta:

Querida Dolores y familia, nos sentimos muy cerca de vosotros en estos momentos y con gran admiración por la lección de fortaleza y dignidad que habéis demostrado en el acompañamiento de todo el proceso de la enfermedad de Eduardo. Un hombre extraordinariamente bueno. Supo sembrar fuertes semillas de motivación y de paz en muchos corazones. Ha sabido enseñarnos cómo crecer en el sufrimiento, dando ejemplo de ello a los que en su camino le hemos acompañado.

Sabemos que será muy difícil compensar su serenidad y su valentía desde el primer momento. Siempre permanecerá con nosotros, porque ningún lugar está lejos para los seres capaces de comprometerse con la vida, con la gente, y de amar, como lo hizo él. Con nosotros quedaran sus mensajes de esperanza y fe.

Os mandamos el mejor de nuestros abrazos, de todos y cada uno de los que formamos el equipo de Hematología.

Cristina Moreno y 20 firmas más

Estoy seguro de que muchos otros, todos los días, serán cátedras desde su Cruz de Dios. Por todos ellos, y hoy por Eduardo Fermín: ¡gracias sean dadas al Padre que me confirma que en la Cruz, a través de su Hijo Jesucristo, está representado el amor de Dios!

José Antonio Carmona Utrera