RetrocesoA&ONº 258/5-V-2001SumarioCriteriosContinuar
El secreto del futuro
Mi mujer nunca me ha pedido que me hiciera católico. Así explicaba el marido, de confesión protestante, la razón decisiva que le había llevado, después de más de diez años de matrimonio, a entrar en la Iglesia católica. Su experiencia no era otra que la de ser amado por sí mismo, sin cálculos ni pretensiones de ningún tipo, con absoluta gratuidad. A su esposa, sin duda, no le faltaban las limitaciones y los defectos de todo ser humano, pero lo que ciertamente no le faltaba era el secreto de la auténtica experiencia cristiana: la certeza de ser amados, y serlo en plenitud, sin condición alguna, tal y como el propio corazón desea, tal y como sólo el Amor mismo puede amar.

Afrontar un nuevo siglo y un nuevo milenio, y en definitiva cada nuevo día de la vida, con los inmensos desafíos e incertidumbres que hoy se ciernen sobre la Humanidad, como lo hace el Papa Juan Pablo II, puede parecer algo excepcional, pero sin lugar a dudas es el modo verdaderamente humano de vivir. Para ello, sólo es preciso haberse encontrado, como le sucedió a aquel marido, con esa radical novedad que constituye el cumplimiento de nuestro deseo más hondo y que, sin embargo, nunca hasta Cristo habíamos visto satisfecho. Por eso, con toda verdad, en su Carta Novo millennio ineunte el Santo Padre afirma: No nos satisface la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: "Yo estoy con vosotros".

Alguien, seguramente, pretenderá negar esta evidencia, ensalzando las bondades de un mundo laico, garantía del progreso capaz de resolver todos los desafíos habidos y por haber, sin el lastre de una Iglesia que predica la vida eterna, tachándola de antinatural o de inhumana, ¡como si lo humano y lo natural fuera una ciencia que aumenta los años de vida para acortarlos a continuación con la eutanasia!; ¡o una técnica tan avanzada que, mientras fabrica cosas cada vez más sofisticadas, deja cada vez a más personas en paro! Un mundo así deja al hombre necesariamente sin futuro.

No se trata de inventar un nuevo programa, añade Juan Pablo II en su Carta al comenzar el nuevo milenio. Sería inútil. Así lo reconoció incluso un ateo como Jean Paul Sartre al definir al hombre, seguramente la más certera descripción que se ha hecho del ser humano cuando no se ha conocido a Cristo: Una pasión inútil. En efecto, ¿hay algo más inútil, y necio, que progresar hacia la nada? El Papa anciano, dispuesto a emprender nuevos y nada fáciles viajes apostólicos, pone en evidencia que, más aún que de años y de fatigas, está lleno del más espléndido futuro. No necesita inventarlo, como bien dice. El programa ya existe —sigue diciendo—. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la tradición viva en la Iglesia.

No son éstas meras palabras. El cristianismo auténtico, ciertamente, no es una rémora del progreso. Todo lo contrario: es el secreto de un futuro que cumple la esperanza infinita del hombre, porque, como, con sumo acierto, acaba de decir el profesor Fernández del Moral en el I Encuentro diocesano de comunicación social cristiana celebrado con esperanzador éxito en Madrid, tener fe es estar al tanto de cómo termina la novela. La fe no es mérito nuestro; es un don. Con toda la esperanza del mundo dentro.