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| Algo que le hizo pensar detenidamente a don Gaspar para ajustar su cristianismo, pacíficamente poseído, al momento postconciliar fue el tema de la libertad religiosa. Y cuando llegó el Catecismo de la Iglesia católica, quiso repasar el asunto en esas páginas.
Leyó cómo la conciencia tiene la obligación de buscar la verdad y practicarla; y de rendir a Dios el culto auténtico, individual y social. Y cómo el cristiano debe llevar su verdad a todo (a la familia, a la sociedad ) En cuanto a las leyes civiles, ajustadas o no al Evangelio, tienen que respetar puntos fundamentales en materia religiosa: que la persona no se vea coaccionada a actuar contra conciencia; que pueda actuar conforme a ella, solo o con otros, pública y privadamente. Claro está que la libertad civil en materia religiosa no es sin adjetivos; se trata de una libertad justa (como se ve en los números citados). No es que se dé un permiso moral de adherirse al error. Ni un derecho a errar. Ni una libertad ilimitada. Tiene sus límites, que la prudencia política ha de señalar, de acuerdo con la situación social, con las exigencias del bien común, con el orden moral objetivo. Fácilmente se comprende que no puede venir alguien diciendo que su conciencia le permite, y hasta le exige, irse con el dinero de un banco, o secuestrar a un niño, o transmitir la peste, o animar al suicidio de un pueblo, o a eliminar una raza, etc. De sobra sabemos que cualquier sociedad, por muy liberal que sea, pone numerosos límites a tus deseos: tributos, obligación de estudiar, límite de velocidad, exigencias para la validez de los contratos, color de las banderas, señales de circulación, cantidad en las producciones, seguros obligatorios etc. Don Gaspar comprende que nuestro Señor Jesucristo señaló claramente que, para salvarse, hay que tener fe, y que esa fe o se recibe libremente o no se recibe. Y que el seguidor de Cristo ha de manifestar de palabra y obra esa fe a toda criatura humana. Se propone, pero no se impone. Lo cual no significa que no se pueda y hasta se deba establecer unas costumbres que ayuden a ejercer el bien. Por ejemplo: ¿se va a retirar un crucifijo porque molesta a alguno?, ¿o se ha de dejar en su sitio porque a otro le molesta que desaparezca? De acuerdo con estas doctrinas católicas, no renunció don Gaspar a nada esencial, a la vez que profundizó más en el magisterio de la Madre Iglesia. Luis Blas Martínez |