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No resulta fácil escarbar la mente para arrancar del alma esas escamas o heridas que la mantienen enferma. Tal vez por eso la gente que se niega a autoanalizarse se aferra a la cómoda idea de que para comulgar no hace falta confesarse: Con arrepentirse basta, se oye decir frecuentemente. Y, en efecto, Dios perdona a los arrepentidos, pero el desequilibrio que nuestros pecados han ocasionado a todos los que componen la Iglesia, permanece. Por eso no basta arrepentirse para que el perdón de Dios nos conceda el derecho de acercarnos a la Eucaristía. Se precisa algo más: propósito de no reincidir, cumplir el rito de la penitencia, y sobre todo confesar verbalmente al representante de Dios en la tierra todo cuanto hemos ido descubriendo a través de un examen de conciencia exhaustivo. Será entonces cuando de verdad nuestros pecados podrán ser verdaderamente olvidados por la Divina Misericordia. Jesús así lo prometió cuando, al instaurar la confesión verbal, instruyó a sus discípulos diciendo: Recibid el Espíritu Santo. Es decir: Os doy la facultad de perdonar. Y, a continuación, añadió: A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados, y a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos. Y retenidos quedan si, pese al pretendido arrepentimiento interior, los restantes requisitos se pierden en las olvidadizas estancias de nuestros cómodos egoísmos.
De pronto surge la depresión. La insulsez se instala en nuestras vidas; todo se nos antoja insufrible. Y para buscar un remedio, no vacilamos en confiar a un médico (acaso tan abrumado de pesadillas como el paciente que las emite) nuestras miserias más recónditas en un remedo de confesión que no deja de ser una parodia entre lamentable y grotesca. Por eso la pregunta se impone: ¿no sería más rentable acudir directamente al remedio sacramental que Jesús instituyó, para conseguir esta paz tan deseada que sólo Su Misericordia puede conceder? Mercedes Salisachs |