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| Cuéntase que en un teatro de Atenas se celebraba una representación teatral a la que habían sido invitados los embajadores espartanos. Cuando el teatro estaba lleno, entró un anciano y trató inútilmente de hallar sitio libre. Unos jóvenes atenienses que veían los esfuerzos del anciano por acomodarse comenzaron a reírse de él irrespetuosamente. Al ver esto, los embajadores de Esparta, acostumbrados a venerar a sus mayores, se levantaron y ofrecieron sus sitios al anciano. Todo el público del teatro, al presenciar la escena, aplaudió a los embajadores. Es curioso dijo el anciano, los atenienses aplauden las virtudes, mientras que los espartanos las ejercitan.
El trato a las personas, en lo que tiene precisamente de humano, no puede reposar solamente en la adquisición y aplicación de unas pautas aprendidas en un manual. Si lo hiciera, vendría a caer en lo impersonal. Un trato digno, por el contrario, ha de fundarse en un modo de contemplar y considerar a las personas que reconozca en ellas una dignidad intangible que las hace únicas e irrepetibles. Y ha de traducirse en gestos y acciones efectivas. Pero tal cosa, ese modo de mirar y ese modo de obrar, no se improvisa ni se aprende en un manual de instrucciones, sino mediante el cultivo ético personal. Eso que ahora se llama la educación en valores. Los valores son las distintas modulaciones y facetas del bien. Un valor es un bien que atrae. Asumidos en la vida personal, se traducen en actitudes o disposiciones positivas; son los valores humanos, que incluirían los ideales, los criterios y los hábitos positivos o virtudes. En su sentido más profundo, los valores asumidos configuran la personalidad humana, es decir, la urdimbre psicológica y moral, y la orientación fundamental de la vida. No son un barniz decorativo, un condimento accesorio de la educación, políticamente correcto. Valores y actitudes éticas son la parte de la educación llamada a persistir siempre, incluso en una sociedad pragmática como la nuestra. La educación en valores es mucho más que una asignatura, pero también es mucho más que un tema transversal de los que están al uso. Se trata de formar a hombres y mujeres en quienes se pueda confiar. Si un maestro o maestra, un profesor, un padre o una madre, por ejemplo, poseen personalidad, atractivo y conciencia clara de su valor, los hacen presentes en todas partes. Los valores se suscitan. Se educan en y desde la práctica. No basta con aplaudir las virtudes, hay que ejercitarlas. Los valores se aprecian cuando se viven y dejan de apreciarse cuando dejan de vivirse. Para ello se hace preciso el trato frecuente y habitual con personas que hagan brillar la virtud en su ser y en su obrar. Sólo las personas ricas en valores humanos pueden transmitirlos a través de la educación. Esas personas son los verdaderos maestros, hombres y mujeres que viven lo que enseñan y que enseñan lo que viven. Andrés Jiménez Abad |