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Como la Iglesia es toda ella misionera y la obra de la evangelización es deber fundamental del Pueblo de Dios, el Concilio invita a todos a una profunda renovación interior, a fin de que, teniendo viva conciencia de la propia responsabilidad en la difusión del Evangelio, acepten su participación en la obra misionera entre los gentiles. Todos los fieles, como miembros de Cristo vivo, incorporados y asemejados a Él por el Bautismo, por la Confirmación y por la Eucaristía, tienen el deber de cooperar a la expansión y dilatación del Cuerpo de Cristo para llevarlo cuanto antes a la plenitud. Por ello, todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su responsabilidad para con el mundo, fomentar en sí mismos el espíritu verdaderamente católico y consagrar sus energías a la obra de la evangelización. Sepan todos, sin embargo, que su primera y principal obligación en pro de la difusión de la fe es vivir profundamente la vida cristiana. Pues su fervor en el servicio de Dios y su caridad para con los demás aportarán nuevo aliento espiritual a toda la Iglesia, la cual aparecerá como estandarte levantado entre las naciones, luz del mundo y sal de la tierra. De esta renovación de espíritu se ofrecerán espontáneamente a Dios oraciones y obras de penitencia para que fecunde con su gracia la obra de los misioneros, surgirán vocaciones misioneras y brotarán los recursos que las misiones necesitan. Pero, para que todos y cada uno de los cristianos conozcan cabalmente el estado actual de la Iglesia en el mundo y escuchen la voz de las multitudes que claman: Ayúdanos, facilítense las noticias misionales de tal manera, sirviéndose también de los modernos medios de comunicación social, que los cristianos, sintiendo como propia la actividad misionera, abran el corazón a las inmensas y profundas necesidades de los hombres y puedan socorrerlas.DecretoAd gentes, 35-36 |