RetrocesoA&ONº 258/5-V-2001SumarioEn portadaContinuar
Dos meses que harán Historia:
Los nuevos desafíos
de la Iglesia católica
El Consistorio de cardenales sobre cuestiones decisivas para la renovación de la Iglesia
querida por el Concilio Vaticano II, y los dos grandes viajes del Papa a países de tierras ortodoxas
(Grecia, Siria y Ucrania) se convertirán en etapas decisivas para el programa
que ha planteado el obispo de Roma para el cristianismo en los inicios del milenio.
Ocho semanas que dejarán huella en los libros de Historia…
Jesús Colina. Roma

Terminada la Semana Santa, Juan Pablo II afronta en las próximas semanas momentos decisivos para el nuevo impulso que ha dado a su pontificado, tras el Jubileo del año 2000. Del Consistorio especial de cardenales —que precede al próximo Sínodo mundial de los Obispos— y de sus próximos viajes a países de tradición ortodoxa —Grecia, Siria y Ucrania— dependerá, en buena parte, el empuje que ha querido imprimir a la Iglesia, a inicios de siglo con su carta Novo millennio ineunte.

Que el Papa está determinado a continuar en la brecha es algo que ya no ponen en duda ni los tabloides. El pasado 6 de abril, en un encuentro con los jóvenes, confirmaba: En mi ministerio nunca me he cansado de encontrarme con personas, y éste es el objetivo de las peregrinaciones y visitas pastorales que voy realizando. Y también ahora que pasan los años, si Dios quiere, no pienso detenerme, pues estoy convencido de que en el contacto personal con los hermanos se puede anunciar más fácilmente a Cristo.

REGRESO A LOS ORÍGENES

Aquí está precisamente el primer objetivo del ministerio del Papa y de la misión de la Iglesia, algo que la diferencia fundamentalmente de cualquier organización no gubernamental y filantrópica. Siempre ha sido así y siempre será así, explicaba el cardenal Antonio María Rouco Varela, en la conferencia que dictó en el Club Siglo XXI el pasado 15 de marzo. Lo nuevo al comienzo del tercer milenio del cristianismo —añadió— es, tal vez, que a algunos les resulte extraño, o que no le vean sentido, a esta misión religiosa por la que la Iglesia prolonga en el tiempo la obra de Cristo.

Para atisbar las sendas fundamentales del anuncio del Evangelio en tiempos de globalización, Juan Pablo II reunirá en Roma a todos los 183 cardenales de la Iglesia católica (tanto los 135 electores como los 48 no electores) del 21 al 24 de mayo próximo. El arzobispo de Chicago, cardenal Eugene George, quien predicó los Ejercicios Espirituales al Papa en la última Cuaresma, en declaraciones a Alfa y Omega, confirmaba que el primer objetivo de esta cumbre de príncipes de la Iglesia será precisamente la nueva evangelización.

Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza —explica el Papa en la Novo millennio ineunte—. He repetido muchas veces en estos años la "llamada" a la nueva evangelización. La reitero ahora, sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes.

Ahora bien, el anuncio del Evangelio en el tercer milenio requiere responder a dos interrogantes fundamentales: ¿cómo anuncia la Iglesia el Evangelio?; y otro, no menos importante: ¿es convincente el mensaje cristiano cuando los discípulos de Cristo se presentan separados en Iglesias y confesiones distintas, y en ocasiones enfrentados entre sí? Estas dos preguntas serán los temas fundamentales del debate que acaparará el interés de los cardenales en mayo.

¿DEMOCRACIA, O COMUNIÓN?

A la hora de responder a la primera pregunta —¿cómo anuncia la Iglesia a Cristo?—, en la última década ha cobrado vigor un movimiento más o menos subterráneo de grupos e individuos que exigen una mayor democracia en la Iglesia. Si bien hacen menos ruido que en los años setenta y ochenta, plataformas de católicos o incluso teólogos han presentado (especialmente en Alemania y Austria) propuestas y recogidas de firmas para proponer el sacerdocio femenino, la comunión sacramental a los divorciados vueltos a casar, la elección popular de los obispos, la ordenación de varones casados, etc. Estas plataformas no han tenido un apoyo episcopal oficial; ahora bien, obispos e incluso cardenales han abogado por una mayor colegialidad en la Iglesia. Propuestas en este sentido han sido presentadas, por ejemplo, por el arzobispo de Milán, el cardenal Carlo Maria Martini (quien vería con agrado la convocación de un nuevo Concilio), el cardenal de Malines-Bruselas, Godfried Danneels (quien apoyó su deseo en el pasado Sínodo de Europa de 1999), o el cardenal Karl Lehmann, obispo de Maguncia y Presidente de la Conferencia Episcopal Alemana.

Estos mismos cardenales, con el Papa, han dejado al mismo tiempo muy claro que no se trata de democratizar la Iglesia. La fe de los cristianos no puede ser refrendada por plebiscitos populares, sino por el mismo Evangelio. Los cristianos de una época, aunque fueran mayoría (¿mayoría con respecto a qué?), no podrían decidir nunca por referéndum que en la Trinidad hay cuatro personas o que Cristo se casó dos veces. El obispo de Roma no habla, por tanto, de democracia, sino de espiritualidad de comunión, porque, como dice el mismo Papa en su última carta apostólica, en cada fiel sopla el Espíritu de Dios.

Por eso, Juan Pablo II está decidido a afrontar de lleno este argumento en el próximo Consistorio. En el número 44 de la Novo millennio ineunte, plantea el argumento en estos términos: Se ha hecho mucho, desde el Concilio Vaticano II, en lo que se refiere a la reforma de la Curia romana, la organización de los Sínodos y el funcionamiento de las Conferencias Episcopales. Pero queda ciertamente aún mucho por hacer para expresar de la mejor manera las potencialidades de estos instrumentos de la comunión, particularmente necesarios hoy ante la exigencia de responder con prontitud y eficacia a los problemas que la Iglesia tiene que afrontar en los cambios tan rápidos de nuestro tiempo.

La visión del Pontífice es sumamente moderna y supera muchos de los debates que todavía hoy quedan como reminiscencia de los años sesenta y setenta. No piensa en crear supraestructuras —algunos han propuesto sustituir la Curia romana por una especie de Conferencia de Conferencias Episcopales—. No quiere que sea un simple debate entre expertos. Se trata de una cuestión de fondo: Los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de cada Iglesia. En ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre obispos, presbíteros y diáconos, entre pastores y todo el pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales.

Para ello —propone el Papa Juan Pablo II— se deben valorar cada vez más los organismos de participación previstos por el Derecho Canónico, como los Consejos presbiterales y pastorales. Éstos, como es sabido, no se inspiran en los criterios de la democracia parlamentaria, puesto que actúan de manera consultiva y no deliberativa; sin embargo, no pierden por ello su significado e importancia. En efecto, la teología y la espiritualidad de la comunión aconsejan una escucha recíproca y eficaz entre pastores y fieles, manteniéndolos, por un lado, unidos a priori en todo lo que es esencial y, por otro, impulsándolos a confluir normalmente, incluso en lo opinable, hacia opciones ponderadas y compartidas (Novo millennio ineunte, 45).

EL DESAFÍO ECUMÉNICO


El segundo gran desafío que debe afrontar en estos momentos el anuncio del Evangelio es el escándalo de la desunión de los cristianos. Católicos, ortodoxos, luteranos, evangélicos, anglicanos… se presentan ante el mundo separados, y a veces incluso pe-leados. Se trata de un antitestimonio que quien no cree no puede comprender. Juan Pablo II es plenamente consciente de este problema y de sus orígenes.

En el caso de las Iglesias ortodoxas la separación no se debe a razones teológicas (cuestiones como la del Filioque, excusa del cisma de inicios del primer milenio, han sido superadas desde hace décadas). El meollo de la cuestión es el mismo que hace mil años: la concepción del Primado del obispo de Roma en el cristianismo. En el caso de las comunidades cristianas surgidas de la Reforma de Lutero y del cisma inglés, las diferencias teológicas son mucho más serias. Ahora bien, la cuestión de la autoridad del Papa sigue siendo central. De hecho, en octubre de 1999, por ejemplo, católicos y luteranos superaron uno de los argumentos fundamentales que provocaron el cisma protestante: la cuestión sobre la doctrina de la justificación. Varias confesiones surgidas de la Reforma y los anglicanos han respondido con documentos oficiales a la propuesta papal de entablar un debate teológico sobre la figura del sucesor de Pedro. La Iglesia anglicana, en su documento, reconoce claramente el papel del obispo de Roma como garante de la comunión y unidad de la Iglesia universal. En el caso de las confesiones protestantes, estos documentos han puesto de manifiesto que, antes de discutir sobre la función del obispo de Roma, es necesario ponerse de acuerdo sobre lo que es la Iglesia. Sólo entonces se puede hablar de autoridad.

Los próximos meses, en este sentido, son también decisivos. Mañana, 4 de mayo, Juan Pablo II visitará Grecia, país de gran importancia para las Iglesias ortodoxas. Al día siguiente, viajará a Siria, laboratorio de ecumenismo donde, en su pequeña comunidad cristiana (que hunde sus orígenes en las primeras comunidades de cristianos), se encuentran representadas todas las Iglesias y comunidades cristianas tradicionales. Y, después, en junio, peregrinará a Ucrania, cuna del cristianismo ruso. Estos dos viajes (Grecia y Ucrania) han sido los que más oposición han suscitado en los 22 años de pontificado. El sorprendente renacimiento de las comunidades católicas en Europa del Este y en la ex Unión Soviética (especialmente las de los greco-católicos, que tienen los mismos ritos y costumbres que los ortodoxos) ha suscitado un comprensible (en algunos aspectos) recelo entre los ortodoxos. Del éxito de este periplo dependerá en un futuro inmediato, en buena parte, las relaciones entre Roma, Constantinopla (Patriarcado primus inter pares en la Ortodoxia) y Moscú (el Patriarcado ortodoxo con el mayor número de fieles y con gran influencia política).

Juan Pablo II tampoco se echa atrás en este argumento tan delicado. En su encíclica sobre el ecumenismo, la Ut unum sint (n. 95), en mayo de 1995, escribía refiriéndose al Primado del obispo de Roma: Estoy convencido de tener al respecto una responsabilidad particular, sobre todo al constatar la aspiración ecuménica de la mayor parte de las Comunidades cristianas, y al escuchar la petición que se me dirige de encontrar una forma de ejercicio del Primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva. El tema, por tanto, está servido. Se trata de un argumento, además, que no sólo responde a las exigencias que plantea el esfuerzo por recuperar la unidad perdida entre los cristianos, sino que ofrece también pautas decisivas para quienes abogan por mayor colegialidad en la Iglesia, en clave de esa espiritualidad de comunión impulsada por el Concilio Vaticano II y ratificada por este pontificado.

Estos temas del Consistorio del próximo mes de mayo se convertirán, después, seguramente, en argumento para el Sínodo mundial de los Obispos, que se celebrará en el Vaticano en octubre de este año, precisamente sobre la figura episcopal. Y al hablar del obispo, necesariamente, se pondrá sobre el tapete sinodal la manera en que hoy día la Iglesia debe vivir la colegialidad de la que habla el Papa. Los Sínodos convocados por Pablo VI y Juan Pablo II después del Concilio han afrontado cada uno de los estados de vida y ministerios. Sólo quedaba por afrontar el del obispo. La renovación traída por el Concilio comenzó y concluye, por tanto, con la renovación de los obispos.