RetrocesoA&ONº 258/5-V-2001SumarioTestimonioContinuar
A pesar de la depresión...
Sin Dios, mi vida no tiene sentido
Me llamo María y tengo una depresión. Lo gordo de todo empezó hace 4 años, ahora tengo 27. Fue en 1998 cuando decidí ir a un especialista. Situación: normal. Yo trabajaba en las tareas de la casa, contenta y sin problemas. Con mis padres me llevo bien, aunque no vivo con ellos por motivos de trabajo.

Estaba angustiada sin motivo. Mis días iban a peor, me invadía la desesperanza, la soledad. Tenía ganas de quitarme la vida porque la encontraba sin valor.

Fui a varios médicos, y ahora estoy con un tratamiento y con sesiones de terapia. Origen: mi personalidad. Sí, un problema de personalidad. Algo que yo pensaba que era bueno se había elevado a patológico: hiperpreocupada, hipersensible, vulnerable y muy emotiva. La enfermedad lo invadía todo, me quitaba fuerzas, yo no era la de siempre.

El médico, en una ocasión, me dijo que gran parte de mi curación y de mi estabilidad estaba en aceptarme así: enferma.

Doy las gracias a todas las personas que me ayudan. Nunca serán tantos como yo quiero. También a mi familia.

Pasa el tiempo, los días, y veo que hay Alguien importante en mi vida: Dios.

La depresión es una enfermedad muy dura que no se ve. No lleva vendas ni escayolas, pero necesitas muletas en mil ocasiones. Sólo Dios sabe lo que se sufre, y por qué quiere que la suframos muchas personas.

Soy cristiana, católica, y a través de la enfermedad Él tomó más sitio en mi vida, con Él aprendí a tratar lo mío, lo nuestro... la depresión. Alguien me dijo una vez que Dios sólo sabe contar hasta uno, y eres tú. Muchas veces acudo a Él. A diario me siento delante del Sagrario y ahí le suelto todo, me enfado, lloro, me alegro, encuentro fortaleza, lo que me hace falta. Un día, al considerarle en mi vida como Padre, le dije: Te quiero. Sí, me atreví a decirle te quiero. Él me lo había enseñado antes. Lo aprendí en esta Semana Santa, viéndole sufriendo en la Cruz por mí. Sin Dios, mi vida no tiene sentido.

El tratamiento va para largo; siguen los muchos malos momentos, las angustias y las lágrimas. Entonces intento pensar en los demás. No es fácil, te lo aseguro. Pero así comprendí que me necesitan, que vale la pena seguir viviendo. Sigo en casa. Hago los trabajos que puedo, me parece bonito este trabajo de las madres, muchas cosas pequeñas que forman un hogar…, pero necesitamos crear hogar.

Queridos amigos, quizá muchos/as estáis como yo, o peor. Quisiera transmitiros ánimo.

Dejo mi dirección (Ronda de Onteiro, 216, 9B. La Coruña) por si alguien quiere escribirme, me encantan las cartas. La edad no importa.

¿Sabéis una cosa? Estoy triste, pero me considero la persona más feliz del mundo gracias a Él.

María Santiago