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Hay un pasaje evangélico con el que me gusta encontrarme en el tiempo de Pascua: el del segundo domingo. Es con el que me siento más concernido. Cuenta san Juan la aparición de Jesús a sus discípulos en la tarde del día de la Resurección. Tomás no estaba con ellos. Al reencontrarle, le contaron alborozados: ¡Hemos visto al Señor! Él se negó a creer: Si no veo en sus manos las señales de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días el Señor se volvió a aparecer. Esta vez Tomás se encontraba en el Cenáculo. Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Tomás cae rendido y hace una hermosa confesión: Señor mío y Dios mío, pero no le evita la cariñosa reprensión: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto. Claro que me siento afectado. Yo creo la palabra de la Iglesia, que tiene la experiencia milenaria del Resucitado. La falta de Tomás fue no creer a sus diez compañeros que habían visto a Jesús, que les enseñó las manos y el costado como precisa el evangelista. La fe es creer, se dice, las cosas que no se ven. Evidente. Lo que se ve no forma parte de la fe, sino de la experiencia. Por eso no tiene sentido negarle a la fe su categoría de forma de conocimiento, porque se basa sobre la experiencia de otros. Y ésa es una frecuente manera de nuestro saber. He ahí las ciencias, que se basan tanto sobre la experiencia que toman el adjetivo de experimentales y utilizan como método el experimento. Bien. Ya han hecho todas sus investigaciones y repetido sus comprobaciones. Por fin, nos dan sus resultados, sus explicaciones, sus teorías e hipótesis. Nosotros les prestamos fe, no les podemos dar otra cosa, porque la experiencia es de ellos, de los científicos, no nuestra, que no hemos realizado ningún experimento ni comprobado sus resultados. En el fondo, en la fe divina y humana no hay más apoyo que la credibilidad de quien te cuenta la historia. Miguel Álvarez Morales |