RetrocesoA&ONº 259/10-V-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Ver oír... y contarlo
El otro Wittgenstein
J. F. Serrano Oceja
pserrano@planalfa.es

Ludwig Wittgenstein murió hace cincuenta años en Cambridge. De lo que no se puede hablar, mejor es callarse. Hablemos, porque no todos han hablado todo lo que debían, antes de callar. Como nos recuerda Isidoro Reguera, en el suplemento cultural de El País, Babelia, el pasado 28 de abril, murió en un hospital público el pobre filósofo más rico de su tiempo. Su sueño, juego de vida y de lenguaje, de terminar sus días en un convento de dominicos, como hermano lego, no se había cumplido: las reglas del juego. En Noruega, en Irlanda, en Cambridge, en Viena —escribe Isidoro Reguera— exiliado más que solo en cualquier parte y situación (tampoco la cercanía o no de los hombres fue para él tan relevante), ése fue su modo de vida, un verdadero camino de pasión para la redención del pensar: un encierro inmisericorde. A Wittgestein nunca le interesó ningún mundo, ningún pensamiento que no fuera el suyo, nadie que no fuera él mismo. A excepción de Dios, en tal caso. ("Me gustaría discutir con Dios", escribe con la misma obstinación con que el ordenador de Stanislaw Lem se negaba a hablar con alguien que no fuera el "señor Wittgenstein"). Sin petulancia en todo ello, desde luego. Por pura incapacidad de salir de sí, de imaginar otra forma de vida que la suya: o la divina. Pura lógica. El destino de un genio.

O, como nos recuerda Xavi Ayén, en el diario La Vanguardia, el pasado 28 de abril, el multimillonario Wittgenstein —que se iría desprendiendo de su gran fortuna mediante donaciones— creció en una familia de ocho hermanos, tres de los cuales se suicidarían (Ludwing se planteará toda su vida hacerlo). Su actitud —heroica y temeraria— en la I Guerra Mundial le valdrá múltiples condecoraciones y, una vez acabada la contienda, no se quitará el uniforme durante años. Fue una persona irascible, obsesiva y huraña: amenazó en público al mismísimo Popper con un atizador, y, en sus últimos años, en una cabaña de la costa de Irlanda, se hacía dejar la comida a unos metros de su vivienda. Aquí tenemos el ejemplo más claro del sujeto pensante, con las condiciones óptimas para el pensamiento. Un pensamiento que es capaz hasta de sorprendernos.

Y si no, leamos lo que, inesperadamente, publicó, en su número 11 del año 2000, la revista Huellas, del movimiento católico Comunión y Liberación. En un amplio artículo firmado por Carlo Dignola, con el título Contemplar la posibilidad, encontramos la siguiente sentencia del padre del desierto Ludwing Wittgenstein: Pienso que el cristianismo no es una doctrina, ni una teoría del pasado o del futuro del alma humana, sino la descripción de un acontecimiento real en la vida del hombre. ¿Alguien da más? Pasen y vean, lean, mejor dicho, los siguientes textos del mismísimo y atormentado Wittgenstein, recogidos en el citado artículo de Huellas, tomados, principalmente, de sus Diarios, en la edición italiana (Movimenti del pensiero): Soy un infeliz desgraciado: ¡que Dios me libere y me conceda paz! (...) Soy débil, pero Él hasta ahora me ha ahorrado grandes fatigas. Dios sea alabado eternamente. Necesito certeza —no sabiduría, sueños o especulaciones— y esta certeza es la fe. Y la fe es fe en lo que necesita mi corazón, mi alma, no mi intelecto especulativo. Porque es mi alma, con sus pasiones, casi con su carne y con su sangre, la que debe ser redimida, no mi espíritu abstracto. Este tender al absoluto (...) me parece algo espléndido, sublime, pero yo mismo dirijo mi mirada a las cosas terrenas; a menos que Dios me "visite". Está claro también que esta fe es una gracia. Estos párrafos no se han ofrecido a nuestros lectores con licencia del clásico aforismo de que todo texto, fuera de su contexto, se convierte en un pretexto.

Escribiendo sobre pensamientos de referencia dominante, estos días, en estas horas, el ya citado diario de referencia dominante, intelectual colectivo, orgánico, transoceánico, El País, ha cumplido unos cuantos años. De regalo de aniversario, el sábado 5 del presente mes, nos ha traído, a su remozado suplemento cultural, también ya citado, un extenso artículo de Gianni Vattimo, com-padre de la postmodernidad. Ante y post lo escrito: Observemos por ejemplo la nueva autoridad con la que el Papa y los exponentes de las religiones hablan, en muchos países y en muchos ambientes, sobre temas como la bioética, el ambiente, la familia, etcétera. Aquí está incluso demasiado claro que estamos ante un regreso neurótico a la "autoridad" paterna, a la creencia en la naturaleza que es buena en cuanto "divina"; frente a las manipulaciones producidas por una ciencia "faustiana" dominada por el Maligno. Y no sé por qué me vino a la memoria la columna que Luís González Seara escribió en el número del 26 de abril de la revista La Clave, con el título Las metabobadas. Decía: Es necesario poner un poco de orden, tanto en la intelectualidad como en la política, para no repetir y multiplicar las necedades, aclaraciones y plagios de las incontables acciones y palabras estultas que Don Francisco de Quevedo consideraba hijas del matrimonio del confiado de sí mismo y la porfía insistente. Hay que cerrar el paso a las metabobadas para no acabar todos metaentontecidos.