RetrocesoA&ONº 259/10-V-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
La familia, novedad permanente
Resulta incuestionable la afirmación de R. Liton en el sentido de entender que la familia es la más antigua de las instituciones sociales, que sobrevivirá en una u otra forma mientras exista nuestra especie. De ahí que los ataques a la familia, tenaces y a menudo desproporcionados, han servido para modificar ciertas funciones, pero se revelan incapaces de destruirla. Hoy son pocos los que creen que la familia sea un lugar de incomunicación y desventura, como la calificó S. de Beauvoir, o la estructura represiva por excelencia, según la triste afirmación de Marcuse. Tenemos la gozosa sensación de que la familia, con sus mutaciones, luces y penumbras, es un diálogo en constante recuperación, la única institución social que, de una u otra forma, ha existido y substituido siempre en la Historia. Las columnas que la sostienen cambian de aspecto en el transcurso de las edades, pero sus pilares son inconmovibles.

Las sorpresas cotidianas que nos deparan los medios de difusión sobre la familia en estos días inaugurales del siglo XXI, incluidas las que destacan los increíbles avances de la ingeniería genética o de la psicología social (por ejemplo padres blancos e hijos negros, incestos in vitro, lesbianas con prole de laboratorio, hijos que se divorcian de sus padres naturales, donantes anóminos de semen que se tornan progenitores y cariñosos y reclaman la paternidad, mamás-abuelitas, etc. etc.), no impiden volver los ojos a la añoranza familiar, al calor de la domus insustituible, al almo cálido de la madre, a la busca del solaz paterno. No puede olvidarse que el hombre, antes de ser social y en lo más arcano de su misma individualidad, posee consciente o inconscientemente un sustrato familiar. Aun en los casos límite (niños abandonados por sus padres, progenitores desconocidos, huérfanos, etc.), el ser humano lleva en su personalidad ingredientes familiares. Si han faltado los cuidados de padres, parientes o allegados, siempre hay instituciones parafamiliares (colegios, internados, instituciones de acogida, etc) o personas amigas que han dejado en el ser humano la impronta o, al menos, la profunda nostalgia de la intimidad familiar. En muchos casos, el sello pernicioso, incluso criminógeno, de la ausencia familiar.

La familia necesita del Derecho, pero encuentra en él un apoyo tardío e incompleto. Si los problemas hacen acto de presencia, el Derecho suele acudir morosamente a ofrecer soluciones. Cuando las uniones paraconyugales han planteado numerosos problemas, la violencia familiar se ha desatado con furia asesina, o la fecundación artificial ha traído consecuencias insospechadas en las relaciones de filiación, por ejemplo, el legislador se pone nervioso o el jurista se apresura a provocar la aparición de la norma. El Derecho, sin embargo, es incapaz de salvar el desgarro de la familia. La verdadera andadura familiar transcurre por el carril del amor, nunca por sendas jurídicas.

Los afectos y sentimientos, la intimidad, las cálidas vivencias o recuerdos de los seres que conviven, constituyen el medio ambiente idóneo para que germine y se desarrolle la familia, islote privilegiado dentro de una sociedad despersonalizada (la expresión es de Rof Carballo). El gran vigía de ese islote es el Derecho, a veces miope, otras soñoliento, pero siempre en su puesto de guardia.

La familia posmoderna tiene poco en común con el paradigma de familia burguesa regulada en los viejos Códigos Civiles y descrita magistralmente por los grandes novelistas del siglo XIX. En los albores del nuevo milenio, realmente no hay familia, sino familias, como no hay propiedad, sino propiedades. Modelos para todos los gustos: familia conyugal, sentimental o concubinaria, monoparental, plurigeneracional, prolongada, de acogida, etc. En todo caso, familia instalada en el conflicto: la ruptura de amores, vínculos y compromisos familiares, epidemia en expansión, deja a sus miembros a merced del pacto y la judicalización. La apelación a la íntima comunidad de vida y amor, de la Gaudium et spes, suena un tanto a melodía angélica si la contrastamos con ese mundo suburbial de las pensiones o alimentos impagados, de la guarda y custodia arrebatada, las tensiones del derecho de visitas, de la agotadora liquidación de gananciales, de las pugnas entre padres y acogedores familiares, y así sucesivamente. Familia, por lo demás, paradójica: se elige la cohabitación de hecho, pero se reclaman las ventajas del gravoso matrimonio; la esposa trabaja fuera del hogar y el marido tiene la potestad doméstica; los hijos se rebelan contra la autoridad de los padres, y a la vez permanecen en la casa paterna cuando han superado con creces la mayoría de edad, a modo de pensionistas o alimentistas a gusto o resignados en el domicilio de los padres, bajo la manus benevolente y generosa de éstos.

La familia de la era de la globalización es, en suma, una familia con heridas visibles, producidas por una civilización pestilente: afectada por la inestabilidad y la incomunicación; contagiada del hedonismo circundante; miedosa de engendrar hijos que perturben las aspiraciones y comodidades de los padres; que aleja del hogar a los abuelos como seres inservibles y se queda de este modo sin sus ángeles custodios. La familia de las agresiones domésticas, de los padres que declinan sus funciones educativas, cercada por los nuevos enemigosd del alma: la prisa, el consumismo y el estrés. Familia vigilada por dos fieles guardianes: el perro y la hipoteca. Familia ayuna de valores éticos, que ha expulsado a Dios del hogar (el gran Ausente) para entronizar en su lugar los ídolos del tener, del telever y del placer. Tantas sombras son incapaces de oscurecer, con todo, la luz de esas parejas de siempre y esos hijos de siempre, millones y millones de parejas que son España y hacen España (Umbral). Familias que estrenan dolores y gozos cada mañana que alborea en el horizonte de sus vidas.

Mariano Alonso
Catedrático de Derecho Civil.
Facultad de Derecho de Salamanca