RetrocesoA&ONº 259/10-V-2001SumarioCriteriosContinuar
Sin referentes morales
El fanático identifica su causa histórica con un valor absoluto trascendente e indiscutible. Otros, por el contrario, viven en el desconcierto más absoluto: confunden la tolerancia con la indiferencia, llaman respeto a lo que es miedo y acaban pensando que el asesinato es un problema político. El sector de la juventud ideologizado en la violencia está rodeado de otro sector, probablemente más amplio, que queda desconcertado y sin coraje cívico en esta situación. El vacío de unos hace el juego al absolutismo de otros, y mucho me temo que ambas actitudes se cultiven en los mismos predios.

En el País Vasco hemos asistido a unos cambios sociales bruscos y rápidos.Exportábamos misioneros a todo el mundo, pero ahora tenemos unos seminarios bajo mínimos; los índices de natalidad eran altísimos, pero ahora estamos a la cola de Europa; tenían fama nuestros valores morales tradicionales, pero ahora contamos con un movimiento de masas, sin parangón en Occidente, que jalea el asesinato y el odio. Los estudios sociológicos no permiten captar ni la hondura de estas transformaciones ni tampoco predecir su evolución futura. Me permito una sugerencia, que me ronda desde hace tiempo, y que requeriría más amplios desarrollos. ¿No proporcionaba la religión en la sociedad tradicional, unos referentes morales y una capacidad de control que ahora no tienen sustitutos? Probablemente es éste un problema que afecta, sobre todo, a varios países de tradición católica, donde no llegó a asentarse nunca un espíritu democrático y cívico autónomo.El caso es que, entre nosotros, la indarra (la fuerza) —que, al decir de algunos antropólogos, era un valor central de la cultura vasca tradicional— sigue apelando a su prestigio, pero ahora se traslada de las relaciones grupales a las políticas y, además, de manera desbocada y sin límites morales. Es la forma más desnuda y pervertida de poder.

Rafael Aguirre
en El túnel vasco
(Ed. Oria)