|
|
| Se escriben estas líneas cuando aún no se sabe si habrá vencido en las elecciones vascas el deseo de paz y de seguridad frente a la barbarie que, como es natural, predomina en las gentes de bien de ese País, que firmemente creemos son la gran mayoría.
Pero, sea cual sea el resultado, un hecho debería obsesionar a esos vascos de bien y a todos los demás españoles. Hablamos de algo que sólo ahora ha sido publicado, pero que aquellos, los vascos de bien, conocían y padecían y que los demás españoles adivinábamos por indicios que no engañaban: que desde hacee años, al menos cuarenta y quizá muchos más, en Guipúzcoa, en Vizcaya, incluso en Álava y Navarra, se ha venido sembrando el odio de una manera sistemática, bien estudiada, concebida quizá en uno de esos laboratorios del mal que el ser humano, ángel caído, genera a veces con la misma facilidad con la que puede dar a luz la más sublime santidad. Se trata del odio a España, a lo español y a los españoles que viven más al sur de la muga, de esa imposible frontera en la que acaba lo que ellos entienden por auténticamente vasco, puesto que lo fundamentan en la lengua o en la raza, y que, por supuesto, es imposible definir con precisión. Pues, por ejemplo, ¿son del mismo modo vascos el Goyerri guipuzcoano y las Encartaciones vizcaínas, o lo es la Rioja alavesa, donde nunca se habló ni se escribió esa hermosa lengua española que en español se llamó siempre el vascuence? ¿Es igualmente vasco quien sólo lleva largos apellidos euscaldunes o el hijo de ese inmigrante extremeño que no visitará la tierra de su padre mientras carezca de un pasaporte vasco...? Y ello se dice desde el odio y la ignorancia, cuando ya se puede viajar desde Lisboa hasta Helsinki sin enseñar siquiera un documento de identidad. Varios periódicos se han decidido, por fin, a penetrar en las entrañas más hostiles de una parte, pequeña aunque sangrienta, de la sociedad vasca. Otros han participado en la pesquisa, pero ha destacado por su amplitud y profundidad la de los redactores de El Mundo; y es justo agradecérselo. Sus recientes páginas sobre el Gulag vasco han molestado, naturalmente, a quienes son principales responsables de que el Gulag exista, sea por la acción que desde su inmenso poder autonómico fomentan y subvencionan (con el dinero de los demás españoles, gracias al Concierto; pues algunos hablan mucho del fuero pero piensan más en el huevo), o por omisión, pues no hay noticia de que la policía autónoma tenga órdenes de llegar nunca a tiempo para evitar la barbarie si la flauta no suena por casualidad o salvo que el afectado gire en la órbita nacionalista. |
| Algo habrá que hacer, además de lo policial, si queremos cambiar la estrategia del odio. Quizá no basta con recordar aquella Ley suprema: Amáos los unos a los otros como Cristo os ha amado. O habrá que completarla desde tejas abajo, que es donde por ahora estamos. Al fin y al cabo, un clérigo no siempre ejemplar llamado Lope de Vega alzó su voz a Jesús para preguntarle aquello de ¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? Con esa palabra lopesca, una experiencia ajena pero fraterna viene a mi memoria: hace años, desde una ciudad mexicana que tal vez fuera Monterrey se organizaron y extendieron pronto por toda la gran República los Sembradores de amistad, sociedades importadas de los Estados Unidos, que fueron y son fuertes en las Américas. Ellos se consagraron a lo que era su objetivo: crear amistad, una amistad sincera entre seres a los que unían ciertos lazos y otros podían separar. Todos los caminos eran buenos para fomentar ese hermoso sentimiento que, según Séneca, siempre aprovecha mientras que el amor, a veces, hiere.
Habrá que intentar ganarlos con amistad. No es posible ser indiferentes ante las vaharadas de odio que brotan en las herriko tabernas de Hernán, escuela de odio según el enviado especial de La Razón, que seguramente no podrá volver allí porque ni siquiera sería ya ese rostro desconocido (que) es siempre una sospecha. No son soportables ni lógicos esos acendrados sentimientos de odio hacia lo español que el profesor Reinares recoge en un libro-testimonio anticipado por El País. ¿De verdad cree alguien que lo que ocurre allí es un problema policial o político? Es mucho más grave: es el problema social y cultural de que el odio va venciendo a la amistad. Es, por tanto, ese problema moral que, según Donoso, está detrás de cada cuestión política. Deberá, la amistad, ganar esa batalla del alma. Carlos Robles Piquer |