RetrocesoA&ONº 259/10-V-2001SumarioDesde la feContinuar
Otro eufemismo del aborto
Ante el anuncio, de la ministra de Sanidad, de la comercialización en España de la píldora del día siguiente, vale la pena conocer que es un producto químico sintético que, al actuar sobre el sistema hormonal femenino, impide la implantación del óvulo fecundado en la matriz, si es que llega a darse su fecundación. Es un producto, pues, anticonceptivo y abortivo: si falla su efecto contra la fecundación, ejercerá sus propiedades antimplantatorias para producir un aborto. Se supone que debe ser el médico quien haya de recetarla; pero el médico es —con palabras tan sencillas y reconocidas como las del Diccionario de la Real Academia Española— la persona que se halla legalmente aceptada para profesar y ejercer la Medicina, y la Medicina es la ciencia y arte de precaver y curar las enfermedades del cuerpo humano.

Como se puede observar, recetar una píldora de éstas no es un acto médico, porque dichos productos no curan ni previenen ninguna enfermedad, ya que el embarazo no es ninguna falta de salud. Y los embarazos de alto riesgo son otras cuestiones muy minoritarias, a tratar o prevenir, como es debido, por especialistas en ginecología. Por otro lado, tampoco se puede argumentar que deba ser el médico quien lo prescriba porque se trate de un medicamento. La píldora del día siguiente no responde al concepto de medicamento cualquier sustancia, simple o compuesta, que, aplicada interior o exteriormente al cuerpo del hombre o animal, puede producir un efecto curativo— ya que no cura nada, su acción no es curativa. Ahí radica precisamente el problema, en que los médicos estamos —o, mejor dicho, somos— para curar, respetar y luchar por la vida; por eso, cuando se nos pide la anticoncepción, el aborto, la eutanasia, la esterilización o incluso otras prácticas como pueda ser la aplicación de torturas o penas de muerte… comienzan los problemas.

No se trata, pues, de razones religiosas ni de cuestiones de conciencia, para que hayan de recurrir a la objeción —con las posibles represalias laborales, aislamientos o al menos a la significación dentro del grupo— en el ejercicio de la actividad clínica. Hay una serie de actividades, algunas veces relacionadas directamente con los actos fallidos del amor, como es la anticoncepción, el aborto, la esterilización no terapéutica y otras que no son actos médicos, aunque tengan por objeto el cuerpo humano y requieran ciertos conocimientos.

El juramento de Hipócrates —Y no daré ninguna droga letal a nadie, aunque me la pidan, ni sugeriré un tal uso, y, del mismo modo, tampoco a ninguna mujer daré pesario abortivo… — tiene un valor universal, y sigue tan vivo como hace veinticinco siglos, porque tiene valor eterno, el mismo que siempre ha tenido la dignidad humana, aunque haya lugares y épocas que no sepan reconocerlo.

Ángel García Prieto
Secretario del Colegio
de Médicos de Asturias