Don Juan Alberto Belloch ha escrito recientemente un interesante pero desigual artículo, titulado La Iglesia. Le honra el reconocimiento explícito de que la religión católica fue la religión de mis padres, las dos personas más honestas e inteligentes que he conocido. Quizá por eso, cualquier ofensa gratuita a la Iglesia, me ofende... No se entiende fácilmente que, veinte líneas más abajo, escriba algo que, sin duda, sorprendería a sus padres: Al propio tiempo, siento un descriptible horror por la inquietante y estúpida negación que la Iglesia de los últimos siglos hace de lo sexual, como si no fuera parte indisociable de nuestra relación con la espiritualidad. De igual modo rechazo desde lo más hondo la insultante proclividad de la jerarquía a comprender en exceso a los poderosos... La Iglesia la de los comienzos, la del medio, la de los últimos siglos y la de ahora mismo no hace negación de lo sexual. No es verdad: ni inquietante, ni estúpida, ni de ninguna clase. Bien al contrario, hace la más alta y noble de las afirmaciones sobre la auténtica verdad de lo sexual, y otro tanto cabría decir sobre la comprensión de los poderosos. Si el señor Belloch ha tenido en su vida la mala suerte de encontrarse con algún exponente de la Iglesia que le haya podido dar esa impresión, habrá que recordarle que las excepciones confirman la regla; que ninguna religión cree en la resurrección de la carne, ni tiene un Dios que se haya encarnado, y ya me contará si cabe exaltación mayor de la carne. Y ¿me puede decir alguna institución, partido político o lo que quiera, que acoja, ayude, aliente, comparta, viva más con los pobres, que la Iglesia católica? Las demagogias y las retóricas están muy bien para los mítines verbeneros, pero no cuelan, si hablamos en serio. Y a una persona de la categoría del señor Belloch cabe exigirle más realismo, porque no es un pobre Andrés Trapiello, que empieza un artículo titulado Clientela religiosa, así: Pobres curas, pobres obispos. No es fácil entender la importancia que se les da..., cuando hasta él empieza por darles importancia, escribiendo de ellos.
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