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Hace cinco siglos, el humanismo se dejó seducir por un proyecto atrayente: adoptar las ideas luminosas del cristianismo el sentido del bien, la simpatía hacia los miserables y los oprimidos, la afirmación de la voluntad libre de cada ser humano, pero
intentando prescindir del Creador. El proyecto, aparentemente, funcionó. Siglo tras siglo, el humanismo se fue imponiendo en el mundo como un movimiento humano y magnánimo y, en algunos casos, consiguió atenuar el mal y la crueldad de la Historia. Sin embargo, en el siglo XX, enormes contenedores atiborrados de crueldades extremas han explotado en dos ocasiones: las guerras mundiales.
A la Humanidad sólo le quedaban entonces dos posibilidades: o reconocer su impotencia y dejar de luchar; o elevarse, mediante nuevos esfuerzos, a nuevas alturas. Mediado el siglo XX pudimos ver un nuevo perfil del humanismo, el globalismo prometedor: ha llegado la hora de establecer en el planeta entero un solo orden de relaciones (¡cómo si ello fuera posible!) Levantemos a todos los pueblos hasta el nivel de conjunto de la Humanidad. Demos a todos los habitantes de la tierra la posibilidad de sentirse ciudadanos igualitarios del mundo. Se pensó en crear un Gobierno mundial de altos intelectuales que dedicarían toda su atención y lucidez a detectar las necesidades de los hombres, incluso en los lugares más recónditos de la tierra. Se hablaba de ello como de una realidad. Fue entonces cuando tomó cuerpo la Organización de las Naciones Unidas. Pero en las décadas siguientes, escuchamos rumores amenazantes que nos hicieron caer en la cuenta de que nuestro planeta era más pequeño, más exiguo de lo que pensábamos, y no estaba en absoluto dispuesto a aceptar el veneno que rezuma la actividad humana. |
| ESCLAVOS DEL CONSUMISMO
Todos recordamos la célebre conferencia ecológica de Río de Janeiro, y otras conferencias análogas sobre el calentamiento del planeta. Todos los pueblos del mundo ¡a coro! suplicaron a los Estados Unidos y otros países desarrollados que moderasen su ritmo desenfrenado de producción, insoportable para los demás habitantes de la tierra. Los Estados Unidos el 5 % de la población mundial consumen hasta el 40 % de las materias primas y fuentes de energía y ocasionan el 50 % de la polución del globo. Pero la respuesta que dieron fue categórica: ¡No! O tan sólo compromisos insignificantes, que no resolvían el problema. La fracción privilegiada de la Humanidad se ha volcado de tal manera en el consumo, tanto en volumen como en diversidad, que se ha convertido en su esclava. ¿Es posible limitarse? ¿Qué ventajas supondría? La autolimitación voluntaria es una de esas cualidades que cuesta mucho adquirir. Hemos perdido el verdadero significado de la libertad: el ejercicio supremo de la libertad consiste en limitarse, en todos los aspectos de la expansión y de la acumulación. En consecuencia, Progreso para todos es una frase que está desapareciendo del lenguaje común. Si alguien ha de hacer concesiones, ¿por qué exigírnoslas a nosotros, que somos los pueblos más eficaces y mejor adaptados de la tierra. Las estadísticas muestran que la distancia entre los países avanzados y los retrasados no sólo no disminuye, sino que aumenta cada vez más. Tal ha sido la transformación del humanismo prometedor en humanismo directivo. En el desarrollo histórico del humanismo, hubo una época en que se proclamó y fue aceptada por muchos adeptos la teoría del egoísmo racional: el medio más seguro de beneficiar a los demás es seguir estrictamente los propios intereses egoístas. En Rusia, los espíritus ilustrados del siglo XIX también la propugnaron. Incluso en la prensa actual he encontrado la expresión: El interés egoísta ilustrado. Interpreten: Aunque egoísta, ilustrado. Por eso el humanismo racionalista, antropomorfismo obstinado y secular, tenía que pasar por una crisis ineluctable. ¿Y qué buenas nuevas nos ha aportado? ¡Un totalitarismo económico, directivo y universal! ¡Y, además, engendrado por los países más democráticos! |
| POLÍTICA Y MORAL, DIVORCIADAS
No se le hace caso a la ONU considerada un obstáculo; en situaciones difíciles, sería legítimo prescindir del Consejo de Seguridad; ¿para qué tenerla en cuenta, puesto que disponemos de una excelente máquina de guerra internacional? Y con esta última nos permitimos por supuesto, con un fin exclusivamente humanitario bombardear durante tres meses un país europeo de 6 millones de habitantes, privar de energía eléctrica a grandes ciudades y a regiones enteras, destruir sin dudarlo un momento los puentes seculares sobre el Danubio. ¿Lo hicimos para evitar la deportación a una parte de la población, pero condenando a esa misma deportación a la otra parte? ¿Lo hicimos para sanar a una nación declarada enferma, o para arrebatarle definitivamente una provincia codiciada? Bajo esos negros auspicios entramos en el siglo XXI. Aquí en Rusia, más que en otros lugares, política y moral están divorciadas. El destino de Rusia en el último siglo ha sido particularmente trágico. Tras setenta años de opresión totalitaria, el pueblo ha sido sometido al huracán destructor de un saqueo que ha destruido su vida económica y minado sus fuerzas espirituales. Se han ahogado todos sus intentos de auto-administración, sus iniciativas, cualquier conato de hacer oír su voz y de tener las manos libres para construir su propio destino. Todo ello ha sido sustituido por una multitud más numerosa aún que durante el período soviético de funcionarios. Nuestra actual clase política no tiene un nivel moral elevado, y su nivel intelectual tampoco es brillante. Está monstruosamente dominada por miembros no arrepentidos de la Nomenclatura que, durante toda su vida, han estado maldiciendo al capitalismo para ahora glorificarlo súbitamente; por antiguos jefes del Komsomol, por aventureros políticos y, en cierta medida, por personas mal preparadas. Se piensa habitualmente que la Rusia actual está adentrándose en el tercer mundo. Algunas voces siniestras dicen que sin remedio. Yo no lo creo. Creo en la salud espiritual de Rusia que, por anonadada que éste, tendrá fuerzas para recuperarse de su desmayo. Siempre he pensado que las potencialidades del espíritu prevalecen sobre las condiciones de la existencia y son capaces de dominarlas. Creo que esta propiedad del espíritu ayudará también a Occidente a dominar la crisis profunda que se avecina. Traducción de Teresa Martín |