RetrocesoA&ONº 259/10-V-2001SumarioDesde la feContinuar
Pan y toros, de Barbieri,
en La Zarzuela
Madrid. Finales del XVIII. La Duquesa y el Corregidor; el santero mendigo felón y el niño ciego, a orillas del Manzanares; Jovellanos y Goya, en la Real Fábrica de Tapices; Pedro Romero, Pepe-Hillo y Costillares con su torera majeza; la Princesa de Luzán y sus amores con el Capitán Peñaranda; manolos y majas, el Abate Ciruela metido en todas las salsas, y su protegida actriz La Tirana; el General y el pregonero del pecado mortal; y el pueblo..., al que se le echa pan y toros —¿la televisión de entonces?— para que se le pase deprisa la funesta manía de pensar sobre el rey, que lo único que hace es cazar, sobre el repliegue del ejército ante los franceses, o sobre las tropelías del Conde de Aranda o de Godoy. Documentos secretos, condenados a muerte, salves y procesiones, religiosidad popular; la princesa que quiere meterse monja por el equívoco de la muerte de su capitán, el abate disfrazado de prior, la canción del capitán que vuelve por sorpresa..., para pasar, por fin, con Jovellanos, de la España de pan y toros, a la ilustrada del nada importa.
Con estos mimbres, Francisco Asenjo Barbieri (1823-1894), puro madrileñismo romántico, teje musicalmente, con libreto de José Picón, el tapiz histórico, en tres actos, de una de las cumbres de nuestro teatro lírico español: la zarzuela. Es una partitura encomiable que aúna gracia popular y alta inspiración orquestal. Escenografía y coreografía convencionales. Ardua tarea, desigualmente cumplida, la de la dirección de escena (más de medio centenar de actores, bailarines, figurantes). Orquesta, la de la Comunidad de Madrid, titular del Teatro. ¡Lástima que gran parte del texto no llegue al espectador! Al menos en la función a la que yo asistí, salvo a Luis Álvarez y a Marco Moncloa, apenas se les entiende. Teatro lleno: espectacularidad y vistosidad aseguradas. Aplausos incesantes.

M.A.V.