RetrocesoA&ONº 259/10-V-2001SumarioDesde la feContinuar
Con ojos ...de mujer
Héroes anónimos
Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Acercarse al rico, al poderoso o al socialmente influyente, no es nada nuevo. Y tampoco lo es la soledad del pobre, del enfermo o del marginado. En estos días en los que prima el éxito rápido y fácil, no me deja de sorprender y admirar la desinteresada actuación de algunas personas absolutamente atípicas y, en muchos casos, incomprendidas: son mis héroes anónimos.

Los hay de toda clase y condición: solteros, casados y viudos, hombres y mujeres, enfermos y sanos, laicos y religiosos, mayores y jóvenes, profesionales y jubilados —o profesionales sin posibilidad de jubilación, como las madres de familia—. Unos dedican un tiempo —del que no disponen— a los demás; otros, marcados por el dolor o la enfermedad, son capaces de dar contenido a las veinticuatro largas horas del día.

Es curioso, pero todos tiene unas características comunes: son recios, fuertes y espirituales. Tienen un corazón grande y generoso; son de una fidelidad y compromiso sin límites; su reciedumbre está forjada en la lucha y la renuncia, su fortaleza descansa en una profunda confianza en Dios; son tremendamente humanos, en su corazón no anida el rencor o la amargura, sino que consiguen convertir su cruz en resurrección y transmitir a todo el que les rodea amor, paz y alegría.

En mi cabeza, estos héroes anónimos tiene cara, nombre y apellidos. Lo reconozco, para mí es Pascua de Resurrección cada vez que veo actuar a alguno de ellos. Si sabemos mirar, los descubriremos en cada esquina. Pero, ¡ojo!, como son discretos y no se dan autobombo, pueden pasar desapercibidos. Si pensamos bien, seguro que somos capaces de sacar a alguno del anonimato... ¿Quién es su héroe anónimo?

Carla Díez de Rivera