RetrocesoA&ONº 259/10-V-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
Quinto Domingo de Pascua
El distintivo del cristiano
En estos momentos de incertidumbre e inclemencia es necesario tener claro el núcleo específico de la fe cristiana. El evangelio de este domingo nos muestra, a través de lo que podríamos considerar el testamento o última voluntad de Jesús, la esencia del mensaje del Maestro para los discípulos de entonces y los de todos los tiempos: el mandamiento del amor.

Surge enseguida una cuestión: ¿en qué sentido es nuevo el mandato de Jesús a sus discípulos? Ya en el Antiguo Testamento figuraba la prescripción de amar al prójimo, pero el principio quedaba reducido al compatriota y al prosélito. En cambio, en el Nuevo Testamento se universaliza rompiendo todas las barreras, sean del tipo que sean. Es un mandamiento nuevo no sólo porque resulta edificante para los demás, sino porque tiene su fundamento en el Dios Amor que se revela como amor desbordante en su Hijo. Es nuevo porque nos introduce en un nuevo pueblo cuya ley es el amor. ¡Qué bien lo descubrió santa Teresa de Lisieux cuando afirmaba!: Entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia..., y me convencí de que el amor es el todo, que abarca todos los tiempos y lugares. En una palabra: que el amor es eterno.

¡Ésta es la señal! ¡Éste es el único signo que vence al mundo!¡Éste es el rostro que convence a los hombres a buscar a Jesucristo como el Absoluto que puede llenar en plenitud sus corazones! El amor mutuo impuesto a los cristianos la noche de la Cena pascual lleva consigo la dimensión de la cruz, que es amar a fondo perdido: viendo el rostro del Dios crucificado en todos los necesitados de la tierra y amándolos como presencia privilegiada del Señor; luchando contra las injusticias y a favor del hombre en su integridad; haciendo el bien a los que nos odian; acogiendo al extranjero e inmigrante; superando las actitudes de venganza y perdonando siempre a nuestros enemigos. El amor vivido es el magisterio que hace palpable y apetecible nuestros dogmas, doctrinas y normas. En definitiva, la fraternidad cristiana prolonga la misión de Jesús en nuestro mundo y es la señal por la que los no-creyentes podrán conocer que la fe en el Hijo de Dios es la única Verdad que libera a los hombres.

Así, el amor a los demás, tal como lo vivió Cristo, expresa el más alto grado de libertad humana. Para amar a los otros es necesario dejar de considerarse uno mismo el centro de todo, dejando que sea Dios quien colme nuestra existencia, pues una vida moral basada en el amor total al prójimo encuentra su íntima coherencia, su sentido último, en nuestra condición de hijos de Dios. En realidad sólo Jesús ha llevado a la perfección una vida moral de este tipo, haciendo de su carne un acto supremo de glorificación al Padre para la salvación de la Humanidad. Él tiene que ser el único espejo en el que debemos mirarnos.

+ Juan del Río Martín
Obispo de Asidonia - Jerez