RetrocesoA&ONº 259/10-V-2001SumarioTestimonioContinuar
Desde entonces oigo Misa
casi a diario, y soy mucho más feliz
Hace poco que creo: desde el verano pasado; mi marido era religioso, yo no.

La ciencia ha dominado mi espíritu. Si es que puede decirse que la ciencia puede dominar el espíritu. Después de la Segunda Enseñanza he seguido estudiando y estudiando. Principalmente me han interesado la Física, la Biología y la aparición del hombre sobre la Tierra. Pero no tengo ningún título universitario. Tengo 92 años y he olvidado todo, todo. Mi enfermedad principal es el olvido.

A pesar de no creer (en Dios se sobreentiende), la belleza del rito católico, la Misa, me ha dominado siempre. Así también la cara de satisfacción de los que comulgan, esto es, de los que toman la Sagrada Forma. El año pasado tuve una conversación con un teólogo jesuita. Es inútil —me dijo— que busques la fe razonando. Ve a la iglesia, oye Misa y lo más probable es que encuentres esa fe que te falta y que tu espíritu pide a gritos. Y así fue.

Hacía tiempo que quería una confesión general antes de morir. Un día sentada en un banco de mi iglesia admirando artísticamente la imagen de Jesús crucificado del Altar Mayor, noté que alguien pasaba y me rozaba el hombro; fue como… un milagro…, me levanté como sacudida por una corriente. Era un sacerdote. Padre —le dije—, tengo más de 90 años y quiero hacer una confesión general, pero si puede ser no en un confesionario.

Yo —contestó— te la hago ahora mismo. Sube a mi despacho. Soy el párroco. Subí y me invitó a sentarme en su mesa de trabajo frente a él. Y ahí hice mi mayúscula confesión. Cuando acabé me dijo: Dios es infinitamente clemente con los arrepentidos. Pasaron unos segundos y continuó: Bien, reza un "Ave María" conmigo —lo recé—. Y después dijo: Ya te puedes ir.

Fue el día siguiente, pasada toda la agitación del día anterior, cuando en mí parroquia me puse en fila de los que se acercan al altar para comulgar. Temblaba. Ya no puedes salirte de la fila, Adelaida Bello… ¡Valor! Comulgué.

Desde entonces oigo Misa y comulgo casi todos los días. Soy mucho más feliz.

Adelaida Bello Lasierra.
Madrid