|
|
J. F. Serrano Ocejapserrano@planalfa.es Lo ha dicho Bruno Forte, en una entrevista de María-Paz López, en el diario La Vanguardia, el pasado lunes 7 de mayo: Perdonar significa que uno ha hecho la experiencia de ser perdonado, porque si tú no reconoces tus culpas, no puedes perdonar las de los demás. Una Iglesia que da el perdón es una Iglesia que hace experiencia cada día del perdón de Dios. Por eso, la purificación de la memoria, pedir perdón por las culpas del pasado, es un acto de humildad y verdad que ayuda a la Iglesia a ser creíble hoy en el mundo. Juan Pablo II, a tiempo y a destiempo, nos muestra cada día cómo hacer a la Iglesia creíble, en un mundo de déficit de creencias verdaderas. Guido Rampoldi, comentarista del viaje en el diario italiano La Repúbblica, escribía la partitura de una obra en dos tiempos, comentando el viaje apostólico tras las huellas de San Pablo. El primero, el pasado día 5: Un Papa aplastado por los años, un arzobispo ortodoxo aplastado por la Historia. Uno encorvado y torcido como un olivo centenario; el otro tieso y circunspecto, como exigen los mil años de hostilidades. Se sientan a la distancia de dos metros, pero entre ambos discurre el río gélido de la memoria. Después el Papa pide perdón por el saqueo de Constantinopla, algo que no importa nada a nadie, ni siquiera en Grecia, salvo a una parte del clero ortodoxo. Y entonces el patriarca se distiende, insinúa un aplauso, más tarde regala al católico un abrazo algo rígido. El segundo, se refiere a la visita a la Mezquita de los Omeyas, y fue publicado el día 7, en el citado diario italiano: Entra en la mezquita con una fatiga física que parece casi representar en imágenes la dificultad de superar el abismo excavado por catorce siglos de Historia. Se para con frecuencia, extenuado. Tropieza dos veces con las babuchas blancas impuestas por la costumbre musulmana. Pero, aunque sea con esos pasos lentos e inseguros, por vez primera desde los tiempos de Mahoma, un Papa atraviesa el confín que sigue dividiendo a dos religiones no amigas, el islam y el cristianismo. El tabú se ha roto. Se ha abierto una brecha en la hostilidad creada en el pasado por las guerras de religión y ahora por los fundamentalismos. |
| Las interpretaciones de este viaje apostólico han sido, son, y serán, muchas. Difícilmente se van a entender si no se tiene como carta de navegación, o folleto del programa del viaje, los textos de los Hechos de los Apóstoles y las cartas de San Pablo, su más fiel compañero de viaje, su embajador en no pocas empresas humanamente imposibles. En este sentido, Gérard Leclerc escribía en el diario francés Le Figaro, el día 4 del presente mes, que Pablo de Tarso fue el hombre que afrontó los desafíos más duros en los orígenes de la Iglesia. En este sentido, su etapa en Atenas, tal como se nos cuenta en los Hechos de los Apóstoles, constituye un punto culminante que todavía hoy tiene un gran valor simbólico. El helenismo religioso y filosófico no estaba en modo alguno dispuesto a aceptar la revelación bíblica y crística. El anuncio de la resurrección de Cristo era para él un escándalo. Los fenómenos provocados por la mundialización imponen en nuestros días explicaciones e incomprensiones análogas. Quizá todos hemos olvidado demasiado deprisa que la conquista de la cultura griega por el cristianismo, aunque se realizó rápidamente, en modo alguno era evidente a priori. Con los musulmanes, el monoteísmo no basta para garantizar una verdadera armonía. No resulta útil, sin embargo, insistir sobre los obstáculos y los enfrentamientos, a veces sangrientos, entre cristianos y musulmanes. El Papa no quiere renunciar a un diálogo por difícil que sea, aunque sólo sea para poder establecer un nuevo clima en favor de la paz.
No podemos olvidar, como nos recuerda el editorial de La Vanguardia, del martes 8 de mayo, que Juan Pablo II ha hecho historia en múltiples aspectos de su pontificado. Las interpretaciones de su ministerio han sido, son y serán, muchas. Hay que entender que, para el pensamiento laico, este hombre venido del Este, rompe con los muy arcaicos esquemas de lo políticamente y religiosamente correcto. Una muestra: Indro Montanelli concluía su columna del jueves, en el citado diario barcelonés, con la siguiente interrogación: ¿Es superable ese foso que los siglos han hecho cada vez más profundo? -en referencia a las relaciones entre la ortodoxia y el Catolicismo-. El clero ortodoxo se opuso hasta el último momento a la visita del Papa y no quería ni que, al llegar, besase su tierra. El pretexto era la matanza que católicos de la cuarta cruzada hasbían hecho de los ortodoxos de Oriente, y de la que el Papa ha pedido humildemente perdón. Está claro que él querría cerrar su pontificado con esta gran reconciliación que le aseguraría, además de un sitio en el paraíso, el primer puesto en la historia del papado. ¡Felicidades, Santidad! Pues no del todo, don Indro. La clave esta en san Pablo. |